La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo. V.I. Lenin

V.I. Lennin

EN QUE SENTIDO SE PUEDE HABLAR DE
LA SIGNIFICACION INTERNACIONAL DE
LA REVOLUCION RUSA?

En los primeros meses que siguieron a la conquista del Poder político por el proletariado en Rusia (25. X.-7. XI. 1917), podía parecer que, a consecuencia de las enormes diferencias existentes entre la Rusia atrasada y los países avanzados de la Europa occidental, la revolución del proletariado en estos últimos se parecería muy poco a la nuestra. En la actualidad contamos ya con una experiencia internacional más que regular, que demuestra con absoluta claridad que algunos de los rasgos fundamentales de nuestra revolución tienen una significación no solamente local, particularmente nacional, rusa, sino también internacional. Y hablo de la significación internacional no en el sentido amplio de la palabra: no son sólo algunos, sino todos los rasgos fundamentales, y muchos secundarios, de nuestra revolución, los que tienen una significación internacional, desde el punto de vista de la influencia de dicha revolución sobre todos los países. No, hablo en el sentido más estrecho de la palabra, es decir, entendiendo por significación internacional su importancia internacional o la inevitabilidad histórica de la repetición en escala internacional de lo que ocurrió en nuestro país, esta significación debe ser reconocida en algunos de los rasgos fundamentales de nuestra revolución.

Naturalmente, sería un tremendo error exagerar esta verdad extendiéndola más allá de algunos rasgos fundamentales de nuestra revolución. Asimismo, sería un error perder de vista que después de la victoria de la revolución proletaria, aunque no sea más que en uno de los países avanzados, se producirá seguramente un cambio radical, es decir: Rusia será, poco después de esto, no un país modelo, sino de nuevo un país atrasado (en el sentido “soviético” y socialista).

Pero en este momento histórico se trata precisamente de que el ejemplo ruso muestra a todos los países algo, y algo muy sustancial, de su futuro próximo e inevitable. Los obreros avanzados de todos los países hace ya tiempo que lo han comprendido y, más que comprenderlo, lo han percibido, lo han sentido con su instinto revolucionario de clase.

De aquí la “significación” internacional (en el sentido estrecho de la palabra) del Poder soviético y de los fundamentos de la teoría y de la táctica bolchevique. Esto no lo han comprendido los jefes “revolucionarios” de la II Internacional, como Kautsky en Alemania, Otto Bauer y Federico Adler en Austria, que se convirtieron por esto en reaccionarios, en defensores del peor de los oportunismos y de la social-traición. Digamos de paso que el folleto-anónimo “La Revolución Mundial” [“Weltrevolution”], aparecido en 1919 en Viena (Sozialistische Bucherei, Heft 11; Ignaz Brand[2]) muestra con una elocuencia particular toda la contextura ideológica y todo el circulo de ideas, más exactamente, todo el abismo de incomprensión, pedanteria, vileza y traición a los intereses de la clase obrera, sazonado, además, con la “defensa” de la idea de la “revolución mundial”.

Pero nos detendremos detalladamente en este folleto en otra ocasión. Consignemos aquí únicamente lo siguiente: en los tiempos, ya bien lejanos, en que Kautsky era todavía un marxista y no un renegado, al examinar la cuestión como historiador, preveía la posibilidad del advenimiento de una situación, como consecuencia de la cual el revolucionarismo del proletariado ruso se convertiría en un modelo para la Europa occidental. Esto era en 1902, cuando Kautsky escribió en la “Iskra” revolucionaria el artículo “Los eslavos y la revolución”. He aquí lo que decía en este artículo:

“En la actualidad” (al contrario que en 1848) “se puede creer que no sólo se han incorporado los eslavos a las filas de los pueblos revolucionarios, sino que el centro de gravedad del pensamiento y de la obra revolucionarios se desplaza cada día más hacia los eslavos. El centro revolucionario va desplazándose del Occidente al Oriente. En la primera mitad del siglo XIX se hallaba en Francia, en algunos momentos en Inglaterra En 1848, Alemania entró en las filas de las naciones revolucionarias. . . El nuevo siglo empieza con acontecimientos que sugieren la idea de que nos hallamos en presencia de un nuevo desplazamiento del centro revolucionario, concretamente: de su traslado a Rusia. . . Rusia, que se ha asimilado tanta iniciativa revolucionaria de Occidente, es posible que en la actualidad se halle presta, ella misma, a servir de fuente de energía revolucionaria para este último. El movimiento revolucionario ruso, cadla día más encendido, resultará acaso el medio más poderoso para sacudir ese espíritu de filisteísmo fofo y de politiquería moderada que empieza a difundirse en nuestras filas y hará surgir de nuevo la llama viva del anhelo de lucha y de fidelidad apasionada a nuestros grandes ideales. Rusia hace ya tiempo que ha dejado de ser, para la Europa occidental, un simple reducto de la reacción y del absolutismo. En la actualidad, ocurre quizás todo lo contrario. La Europa occidental se convierte en el reducto de la reacción y del absolutismo de Rusia. . . Los revolucionarios rusos, es posible, se hubieran librado hace ya mucho tiempo del zar, si no tuviesen que luchar al mismo tiempo contra el aliado de este último, el capital europeo. Esperemos que esta vez conseguirán librarse de ambos enemigos y que la nueva “santa alianza” se derrumbará más pronto aún que sus predecesoras. Pero sea cual fuere el resultado de la lucha actual en Rusia, la sangre y los sufrimientos de los mártires, que esta lucha engendra por desgracia más de lo necesario, no serán vanos, sino que fertilizarán el terreno para la revolución social en todo el mundo civilizado e impulsarán de un modo más esplendoroso y rápido su florecimiento. En 1848, eran los eslavos helada horrible que mataba las flores de la primavera popular. Es posible que ahora estén llamados a ser la tormenta que romperá el hielo de la reacción y que traerá irresistiblemente consigo una nueva y feliz primavera para los pueblos” (C. Kautsky, “Los eslavos y la revolución”, artículo en la “Iskra”, periódico revolucionario de la socialdemocracia rusa, núm. 18, 10 de marzo de 1902).

¡No escribía mal Carlos Kautsky hace 18 años!

II

UNA DE LAS CONDICIONES FUNDAMENTALES
DEL EXITO DE LOS BOLCHEVIQUES

Seguramente que hoy casi todo el mundo ve ya que los bolcheviques no se hubieran mantenido en el Poder, no dos años y medio, sino ni siquiera dos meses y medio, sin la disciplina severísima, verdaderamente férrea, dentro de nuestro Partido, sin el apoyo más completo y abnegado prestado a éste por toda la masa de la clase obrera, esto es, por todo lo que ella tiene de consciente, honrado, abnegado, influyente y capaz de conducir consigo o de atraerse a las capas atrasadas.

La dictadura del proletariado es la guerra más abnegada y más implacable de la nueva clase contra un enemigo más poderoso, contra la burguesía, cuya resistencia se halla decuplicada por su derrocamiento (aunque no sea más que en un solo país) y cuya potencia consiste, no sólo en la fuerza del capital internacional, en la fuerza y la solidez de las relaciones internacionales de la burguesía, sino, además, en la fuerza de la costumbre, en la fuerza de la pequeña producción. Pues, por desgracia, ha quedado todavía en el mundo mucha y mucha pequeña producción y ésta engendra al capitalismo y a la burguesía constantemente, cada día, cada hora, por un proceso espontáneo y en masa. Por todos estos motivos, la dictadura del proletariado es necesaria, y la victoria sobre la burguesía es imposible sin una lucha prolongada, tenaz, desesperada, a muerte, una lucha que exige serenidad, disciplina, firmeza, inflexibilidad y una voluntad única.

Lo repito, la experiencia de la dictadura triunfante del proletariado en Rusia ha mostrado de un modo palpable al que no sabe pensar o al que no ha tenido la ocasión de reflexionar sobre esta cuestión, que la centralización incondicional y la disciplina más severa del proletariado constituyen una de las condiciones fundamentales de la victoria sobre la burguesía.

De esto se habla a menudo. Pero no se reflexiona suficientemente sobre lo que esto significa, en qué condiciones es posible ¿No convendría que las salutaciones entusiastas al Poder de los Soviets y a los bolcheviques se vieran acompañadas con más frecuencia de un análisis serio de las causas que han permitido a los bolcheviques forjar la disciplina necesaria para el proletariado revolucionario?

El bolchevismo existe, como corriente del pensamiento político y como partido político, desde 1903. Sólo la historia del bolchevismo, en todo el periodo de su existencia, puede explicar de un modo satisfactorio por qué el bolchevismo pudo forjar y mantener, en las condiciones más difíciles, la disciplina férrea necesaria para la victoria del proletariado.

La primera pregunta que surge es la siguiente: ¿cómo se mantiene la disciplina del partido revolucionario del proletariado? ¿Cómo se controla? ¿Cómo se refuerza? Primero por la conciencia de la vanguardia proletaria y por su fidelidad a la revolución, por su firmeza, por su espíritu de sacrificio, por su heroísmo. Segundo, por su capacidad de vincularse, aproximarse y hasta cierto punto, si queréis, fundirse con las más grandes masas trabajadoras, en primer término con la masa proletaria, pero también con la masa trabajadora no proletaria. Tercero, por lo acertado de la dirección política que lleva a cabo esta vanguardia; por lo acertado de su estrategia y de su táctica políticas, a condición de que las masas más extensas se convenzan de ello por experiencia propia. Sin estas condiciones, no es posible la disciplina en un partido revolucionario, verdaderamente apto para ser el partido de la clase avanzada, llamada a derrocar a la burguesía y a transformar toda la sociedad. Sin estas condiciones, los intentos de implantar una disciplina se convierten, inevitablemente, en una ficción, en una frase, en gestos grotescos. Pero, por otra parte, estas condiciones no pueden brotar de golpe. Van formándose solamente á través de una labor prolongada, a través de una dura experiencia; su formación se facilita a través de una acertada teoría revolucionaria, que, a su vez, no es ningún dogma, sino que sólo se forma definitivamente en estrecha relación con la práctica de un movimiento que sea verdaderamente de masas y verdaderamente revolucionario.

Si el bolchevismo pudo elaborar y llevar a la práctica con éxito en los años 1917-1920, en condiciones de una gravedad inaudita, la centralización más severa y una disciplina férrea, se debe sencillamente a una serie de particularidades históricas de Rusia.

De una parte, el bolchevismo surgió en 1903, sobre la más sólida base de la teoría del marxismo. Y que esta teoría revolucionaria es justa — y que es la única justa — ha sido demostrado, no sólo por la experiencia internacional de todo el siglo XIX, sino también, en particular, por la experiencia de las desviaciones, los titubeos, los errores y los desengaños del pensamiento revolucionario en Rusia. En el transcurso de casi medio siglo, aproximadamente de 1840 a 1890, el pensamiento avanzado en Rusia, bajo el yugo del despotismo inaudito del zarismo salvaje y reaccionario, buscaba ávidamente una teoría revolucionaria justa, siguiendo con un celo y una atención admirables cada “última palabra” de Europa y América en este terreno. Rusia hizo suya la única teoría revolucionaria justa, el marxismo, en medio siglo de torturas y de sacrificios inauditos, de heroísmo revolucionario nunca visto, de energía increíble y de investigación abnegada, de estudio, de experimentación en la práctica, de desengaños, de comprobación, de comparación con la experiencia de Europa. Gracias a la emigración provocada por el zarismo, la Ru6ia revolucionaria de la segunda mitad del siglo XIX contaba con una riqueza de relaciones internacionales, con un conocimiento tan excelente de todas las formas y teorías del movimiento revolucionario mundial como ningún otro país del mundo.

De otra parte, el bolchevismo, surgido sobre esta base teórica granítica, tuvo una historia práctica de quince años (1903-1917) que, por la riqueza de la experiencia que representa, no puede ser comparada a ninguna otra en el mundo. Pues ningún país, en el transcurso de estos quince años, pasó ni aproximadamente por una experiencia revolucionaria tan Aca, por una rapidez y una variedad tales de la sucesión de las distintas formas del movimiento, legal e ilegal, pacífico y tormentoso, clandestino y abierto, de propaganda en los círculos y de propaganda entre las masas, parlamentario y terrorista En ningún país estuvo concentrada en un período de tiempo tan breve una tal riqueza de formas, de matices, de métodos de lucha de todas las clases de la sociedad con temporánea, lucha que, además, como consecuencia del atraso del país y del peso del yugo del zarismo, maduraba con particular rapidez y asimilaba con particular avidez y eficacia la “última palabra” correspondiente de la experiencia política americana y europea.

III

LAS PRINCIPALES ETAPAS EN LA HISTORIA
DEL BOLCHEVISMO

Años de preparación de la revolución (1903-1905). Presagios de gran tormenta por todas partes, fermentación y preparación en todas las clases. En el extranjero, la prensa de la emigración plantea teóricamente todas las cuestiones esenciales de la revolución. Los representantes de las tres clases fundamentales, de las tres tendencias políticas principales: la liberal-burguesa, la democrático-pequeñoburguesa (cubierta bajo la etiqueta de las corrientes “socialdemócrata” y “socialrevolucionaria”) y la proletaria revolucionaria, mediante una lucha encarnizada de concepciones programáticas y tácticas, anuncian y preparan la futura lucha abierta de clases. Todas las cuestiones por las cuales las masas tomaron las armas en 1905-1907 y en 1917-1920, pueden (y deben) verse, en forma embrionaria, en la prensa de aquella época. Naturalmente, entre estas tres tendencias principales hay todas las formaciones intermedias, transitorias, híbridas, que se quiera. Más exactamente: en la lucha entre los órganos de prensa, los partidos, las fracciones, los grupos, van cristalizándose las tendencias ideológicas y políticas realmente de clase; las clases se forjan un arma ideológico-política adecuada para los combates futuros.

Años de revolución (1905-1907). Todas las clases entran abiertamente en acción. Todas las concepciones programáticas y tácticas son comprobadas por medio de la acción de las masas. Lucha huelguística nunca vista en el mundo, por su amplitud y su carácter agudo. Transformación de la huelga económica en política y de la huelga política en insurrección. Comprobación práctica de las relaciones existentes entre el proletariado dirigente y los campesinos dirigidos, vacilantes, dudosos. Nacimiento, en el desarrollo espontáneo de la lucha, de la forma soviética de organización. Los debates de aquel entonces sobre el papel de los Soviets son una anticipación de la gran lucha de 1917-1920. La sucesión de los métodos de lucha parlamentarios y no parlamentarios, de la táctica de boicot del parlamento y de participación en el mismo, de las formas legales e ilegales de lucha, así como sus relaciones recíprocas y los vínculos existentes entre ellos, todo esto se distingue por una asombrosa riqueza de contenido. Cada mes de este período vale, desde el punto de vista del aprendizaje de los fundamentos de la ciencia política — para las masas y los jefes, para las clases y los partidos –, por un año de desenvolvimiento “pacífico” y “constitucional”. Sin el “ensayo general” de 1905, la victoria de la Revolución de Octubre en 1917 hubiera sido imposible.

Años de reacción (1907-1910). El zarismo ha triunfado. Han sido aplastados todos los partidos revolucionarios y de oposición. Desaliento, desmoralización, escisiones, dispersión, traiciones, pornografía en vez de política. Reforzamiento de las tendencias al idealismo filosófico; misticismo, como disfraz de un estado de espíritu contrarrevolucionario. Pero al mismo tiempo esta gran derrota da a los partidos revolucionarios y a la clase revolucionaria una verdadera lección sumamente saludable, una lección de dialéctica histórica, una lección de inteligencia, de destreza y arte para conducir la lucha política. Los amigos se conocen en la desgracia. Los ejércitos derrotados se instruyen celosamente.

El zarismo victorioso se ve obligado a destruir precipitadamente los residuos del régimen de vida preburgués, patriarcal en Rusia. El desenvolvimiento burgués del país progresa con rapidez notable. Las ilusiones situadas al margen de las clases, por encima de ellas, ilusiones sobre la posibilidad de evitar el capitalismo, caen hechas polvo. Entra en escena la lucha de clases de un modo absolutamente nuevo y con mayor relieve.

Los partidos revolucionarios deben completar su instrucción Han aprendido a atacar. Ahora, deben comprender que esta ciencia tiene que estar completada por la de saber replegarse con el mayor acierto. Hay que comprender — y la clase revolucionaria aprende a comprenderlo por su propia y amarga experiencia — que no se puede triunfar sin aprender a tomar la ofensiva y a llevar a cabo la retirada con acierto. De todos los partidos revolucionarios y de oposición derrotados, fueron los bolcheviques quienes retrocedieron con más orden, con menos quebranto de su “ejército”; con una conservación mejor de su núcleo central, con las escisiones menos profundas e irreparables, con menos desmoralización, con más capacidad para reanudar la acción de un modo más amplio, acertado y enérgico. Y si los bolcheviques obtuvieron este resultado, fue exclusivamente porque desenmascararon y expulsaron sin piedad a los revolucionarios de palabra, obstinados en no comprender que hay que retroceder, que hay que saber retroceder, que es obligatorio aprender a actuar legalmente en los parlamentos más reaccionarios, en las organizaciones sindicales, en las cooperativas, en las mutualidades y otras organizaciones semejantes, por más reaccionarias que sean.

Años de ascenso (1910-1914). Al principio, el ascenso fue de una lentitud inverosímil; luego, después de los sucesos del Lena, en 1912, un poco más rápido. Venciendo dificultades enormes, los bolcheviques eliminaron a los mencheviques, cuyo papel, como agentes burgueses en el movimiento obrero, fue admirablemente comprendido por toda la burguesía después de 1905 y a los cuales, por este motivo, esta última sostenía de mil maneras contra los bolcheviques. Pero éstos no hubieran llegado nunca a semejante resultado, si no hubiesen aplicado una táctica acertada, combinando la actuación ilegal con la utilización obligatoria de las “posibilidades legales” En la más reaccionaria de las Dumas, los bolcheviques conquistaron toda la curia obrera.

Primera guerra imperialista mundial (1914-1917). El parlamentarismo legal, con un “parlamento” ultrarreaccionario, presta los más grandes servicios al partido del proletariado revolucionario, a los bolcheviques. Los diputados bolcheviques van a Siberia. En la prensa de la emigración hallan plena expresión todos los matices del socialimperialismo, del socialchovinismo, del socialpatriotismo, del internacionalismo inconsecuente y consecuente, del pacifismo y de la negación revolucionaria de las ilusiones pacifistas. Las eminencias estúpidas y los vejestorios de la II Internacional, que fruncían el ceño con desdén y soberbia ante la abundancia de “fracciones” del socialismo ruso y la lucha encarnizada de éstas entre sí, fueron incapaces, en el momento en que la guerra suprimió en todos los países adelantados la cacareada “legalidad”, de organizar, aunque no fuera más que aproximadamente, un libre (ilegal) intercambio de ideas y una libre (ilegal) elaboración de concepciones justas, semejantes a las que los revolucionarios rusos organizaron en Suiza y otros países. Ha sido precisamente por esto por lo que los social- patriotas descarados y los “kautskistas” de todos los países han resultado los peores traidores del proletariado. Y si el bolchevismo pudo triunfar en 1917-1920, una de las causas fundamentales de semejante victoria se debe a que desde finales de 1914 desenmascaró sin piedad la villanía, la infamia, la abyección del socialchovinismo y del “kautskismo” (al cual corresponde el longuetismo[3] en Francia, las ideas de los jefes del Partido Obrero Independiente[4] y de los fabianos[5] en Inglaterra, de Turati en Italia, etc.) y a que las masas se han convencido más y más, por experiencia propia, de que las concepciones de los bolcheviques eran justas.

Segunda revolución rusa (febrero-octubre, 1917). El grado de decrepitud inverosímil y de caducidad del zarismo (con ayuda de los reveses y sufrimientos de una guerra infinitamente penosa) suscitaron contra él una fuerza extraordinaria de destrucción. En pocos días Rusia se vio convertida en una república democrático-burguesa más libre, en las condiciones de la guerra, que cualquier otro país del mundo. El gobierno fue constituido por los jefes de los partidos de oposición y revolucionarios, como en las repúblicas del más “puro parlamentarismo”, pues el título de jefe de un partido de oposición en el parlamento, hasta en el más reaccionario, ha facilitado siempre el papel futuro de este jefe en la revolución.

En pocas semanas los mencheviques y los “socialrevolucionarios” se asimilaron perfectamente todos los procedimientos y modales, argumentos y sofismas de los héroes europeos de la II Internacional, de los ministerialistas y de toda la canalla oportunista. Todo lo que leemos hoy sobre los Scheidemann y Noske, sobre Kautsky y Hilferding, Renner y Austerlitz, Otto Bauer y Fritz Adler, Turati y Longuet, sobre los fabianos y los jefes del Partido Obrero Independiente de Inglaterra, todo nos parece (y lo es en realidad) una aburricla repetición de un motivo antiguo y conocido. Todo ello lo habíamos visto ya en los mencheviques. La historia les ha hecho una mala jugada, obligando a los oportunistas de un país atrasado a adelantarse a los oportunistas de una serie de países avanzados.

Si todos los héroes de la II Internacional han fracasado, si se han cubierto de oprobio en la cuestión de la función y la importancia de los Soviets y del Poder soviético, si se han cubierto de ignominia de un modo particularmente “relevante” y han incurrido en toda clase de contradicciones en esta cuestión los jefes de los tres grandes partidos que se han separado actualmente de la II Internacional (el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania[6], el Partido longuetista de Francia y el Partido Obrero Independiente de Inglaterra), si todos han resultado esclavos de los prejuicios de la democracia pequeñoburguesa (exactamente al modo de los pequeños burgueses de 1848, que se llamaban “socialdemócratas”), también es cierto que ya hemos visto todo esto en el ejemplo de los mencheviques. La historia ha hecho esta jugarreta: los Soviets nacieron en Rusia en 1905, fueron falsificados en febrero-octubre de 1917 por los mencheviques, quienes fracasaron por no haber comprendido su papel y su importancia, y hoy ha surgido en el mundo entero la idea del Poder soviético, idea que se extiende con rapidez inusitada entre el proletariado de todos los países, mientras fracasan en todas partes, a su vez, los viejos héroes de la II Internacional, por no haber sabido comprender, del mismo modo que nuestros mencheviques, el papel y la importancia de los Soviets. La experiencia ha demostrado que en algunas cuestiones esenciales de la revolución proletaria todos los países pasarán inevitablemente por lo mismo que ha pasado Rusia.

Los bolcheviques empezaron su lucha victoriosa contra la república parlamentaria (burguesa de hecho) y contra los mencheviques con suma prudencia y no la prepararon, ni mucho menos, tan sencillamente como hoy piensan muchos en Europa y América. En el principio del período mencionado no incitamos a derribar el gobierno, sino que explicamos la imposibilidad de hacerlo sin modificar previamente la composición y el estado de espíritu de los Soviets. No declaramos el boicot al parlamento burgués, a la Asamblea Constituyente, sino que dijimos, a partir de la Conferencia de nuestro Partido, celebrada en abril de 1917, dijimos oficialmente, en nombre del Partido, que una república burguesa, con una Asamblea Constituyente, era preferible a la misma república sin Constituyente, pero que la república “obrera y campesina” soviética es mejor que cualquier república democráticoburguesa, parlamentaria. Sin esta preparación prudente, minuciosa, circunspecta y prolongada, no hubiésemos podido alcanzar ni consolidar la victoria en octubre de 1917.

IV

¿EN LUCHA CON QUE ENEMIGOS EN EL SENO
DEL MOVIMIENTO OBRERO HA PODIDO
CRECER, FORTALECERSE Y TEMPLARSE
EL BOLCHEVISMO?

En primer lugar y sobre todo, en la lucha contra el oportunismo, que en 1914 se transformó definitivamente en socialchovinismo y que se ha pasado definitivamente al lado de la burguesía, contra el proletariado. Este era, naturalmente, el principal enemigo del bolchevismo en el seno del movimiento obrero y sigue siéndolo en escala mundial. El bolchevismo le ha prestado y le presta a este enemigo la mayor atención. Este aspecto de la actividad de los bolcheviques es ya bastante bien conocido también en el extranjero.

Otra cosa hay que decir de otro enemigo del bolchevismo en el seno del movimiento obrero. En el extranjero se sabe todavía de un modo muy insuficiente que el bolchevismo ha crecido, se ha ido formando y se ha templado en largos años de lucha contra ese revolucionarismo pequeñoburgués que se parece al anarquismo o que ha tomado algo de él y que se aparta en todo lo esencial de las condiciones y exigencias de una firme lucha de clases del proletariado. Para los rnarxistas está plenamente establecido desde el punto de vista teórico — y la experiencia de todas las revoluciones y los movimientos revolucionarios de Europa lo han confirmado enteramente — que el pequeño propietario, el pequeño patrón (tipo social que en muchos países europeos está muy difundido, que abarca masas), que sufre bajo el capitalismo una presión continua y muy a menudo un empeoramiento increíblemente brusco y rápido de sus condiciones de existencia y la ruina, adquiere fácilmente una mentalidad ultrarrevolucionaria, pero que es incapaz de manifestar serenidad, espíritu de organización, disciplina, firmeza. El pequeñoburgués “enfurecido” por los horrores del capitalismo es un fenómeno social propio, como el anarquismo, de todos los países capitalistas. La inconstancia de estas veleidades revolucionarias, su esterilidad, su facilidad de cambiarse rápidamente en sumisión, en apatía, en imaginaciones fantásticas, hasta en un entusiasmo “furioso”, por tal o cual tendencia burguesa “de moda”, son universalmente conocidas. Pero a un partido revolucionario no le basta en modo alguno con reconocer teórica, abstractamente, semejantes verdades, para estar al abrigo de los viejos errores que se producen siempre en ocasiones inesperadas, con una ligera variación de forma, con una apariencia o un contorno no vistos antes, en una situación original (más o menos original).

El anarquismo ha sido a menudo una especie de expiación de los pecados oportunistas del movimiento obrero. Estas dos aberraciones se completaban mutuamente. Y si el anarquismo no ejerció en Rusia, en las dos revoluciones de 1905 y 1917 y durante su preparación, a pesar de que la población pequeñoburguesa era aquí más numerosa que en los países europeos, sino una influencia relativamente insignificante, se debe en parte, indudablemente, al bolchevismo, que siempre luchó del modo más despiadado e irreconciliable contra el oportunismo. Y digo “en parte” porque lo que más contribuyó a debilitar el anarquismo en Rusia fue la posibilidad que tuvo en el pasado (en los años del 70 del siglo XIX) de adquirir un desarrollo extraordinario y de revelar hasta el fondo su carácter quimérico, su incapacidad de servir como teoría dirigente de la clase revolucionaria.

El bolchevismo heredó, al surgir en 1903, la tradición de guerra despiadada al revolucionarismo pequeñoburgués, semianarquista (o capaz de coquetear con el anarquismo), tradición que había existido siempre en la socialdemocracia revolucionaria y que se consolidó particularmente en nuestro país en 1900-1903, cuando se sentaban los fundamentos del partido de masas del proletariado revolucionario de Rusia. El bolchevismo asimiló y continuó la lucha contra el partido que más fielmente expresaba las tendencias del revolucionarismo pequeñoburgués, es decir, el partido “socialrevolucionario”, en tres puntos principales. En primer lugar, este partido, que rechazaba el marxismo, se obstinaba en no querer comprender (tal vez fuera más justo decir en no poder comprender) la necesidad de tener en cuenta con estricta objetividad, antes de emprender una acción política, las fuerzas de clase y sus relaciones mutuas. En segundo término, este partido veía un signo particular de su “revolucionarismo” o de su “izquierdismo” en el reconocimiento del terror individual, de los atentados, que nosotros, los marxistas, rechazábamos categóricamente. Claro es que nosotros condenábamos el terror individual únicamente por motivos de conveniencia; pero las gentes capaces de condenar “en principio” el terror de la Gran Revolución Francesa, o, en general, el terror ejercido por un partido revolucionario victorioso, asediado por la burguesía de todo el mundo, esas gentes fueron ya condenadas para siempre al ridículo y al oprobio en 1900-1903 por Plejánov, cuando éste era marxista y revolucionario. En tercer lugar, para los “socialrevolucionarios” ser “izquierdista”, consistía en reirse de los pecados oportunistas, relativamente leves, de la socialdemocracia alemana, mientras imitaban a los ultraoportunistas de ese mismo partido en cuestiones tales como la agraria o la de la dictadura del proletariado.

La historia, dicho sea de paso, ha confirmado hoy en gran escala, histórico-mundial, la opinión que hemos defendido siempre, a saber: que la socialdemocracia revolucionaria alemana (y téngase en cuenta que ya en 1900-1903 Plejánov reclamaba la expulsión de Bernstein del Partido y que los bolcheviques, siguiendo siempre esta tradición, desenmascaraban en 1913 toda la villanía, la bajeza y la traición de Legien), que la socialdemocracia revolucionaria alemana estaba máscerca que nadie del partido que necesitaba el proletariado revolucionario para triunfar. Ahora, en 1920, después de todas las quiebras y crisis ignominiosas de la época de la guerra y de los primeros años que la siguieron, aparece con evidencia que, de todos los partidos de Occidente, la socialdemocracia revolucionaria alemana es precisamente la que ha dado los mejores jefes, la que se ha repuesto, se ha curado y ha recobrado sus fuerzas más rápidamente. Se advierte esto también en el Partido de los espartaquistas[7] y en el ala izquierda proletaria del “Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania”, que sostienen una firme lucha contra el oportunismo y la falta de carácter de los Kautsky, Hilferding, Ledebour y Gispien. Si lanzamos ahora una ojeada al período histórico que ha llegado a su completo término, que va desde la Comuna de París a la primera República Socialista Soviética, veremos dibujarse con relieve absolutamente marcado e indiscutible la posición del marxismo con respecto al anarquismo. El marxismo ha demostrado al fin tener razón, y si los anarquistas indicaban con justicia el carácter oportunista de las concepciones sobre el Estado que imperaban en la mayoría de los partidos socialistas, hay que advertir, en primer término, que este carácter oportunista obedecía a una deformación y hasta a una ocultación consciente de las ideas de Marx sobre el Estado (en mi libro “El Estado y la Revolución” he hecho notar que Bebel mantuvo en el fondo de un cajón durante 36 años, de 1875 a 1911, la carta en que Engels denunciaba con un relieve, con un vigor, con una franqueza y claridad admirables el oportunismo de las concepciones socialdemócratas en boga sobre el Estado); en segundo lugar, la rectificación de estas ideas oportunistas, el reconocimiento del Poder soviético y de su superioridad sobre la democracia parlamentaria burguesa, han partido, con mayor amplitud y rapidez, precisamente de las tendencias más marxistas existentes en el seno de los partidos socialistas de Europa y América.

Ha habido dos momentos en los cuales la lucha de los bolcheviques contra las desviaciones de “izquierda” de su propio partido ha adquirido una magnitud particularmente considerable: en 1908, sobre la cuestión de la participación en un “parlamento” ultrarreaccionario y en las sociedades obreras legales que la más reaccionaria de las legislaciones había dejado en pie, y en 1918 (paz de Brest), sobre la cuestión de la admisibilidad de tal o cual “compromiso”.

En 1908, los bolcheviques “de izquierda” fueron expulsados de nuestro Partido, por su obstinado empeño en no comprender la necesidad de la participación en un “parlamento” ultrarreaccionario: los “izquierdistas”, entre los que había muchos excelentes revolucionarios que fueron después (y siguen siendo), honrosamente, miembros del Partido Comunista, se apoyaban sobre todo en la experiencia favorable del boicot de 1905. Cuando el zar, en agosto de 1905, anunció la convocatoria de un “parlamento” consultivo, los bolcheviques, contra todos los partidos de oposición y contra los mencheviques, declararon el boicot a semejante parlamento, y la revolución de octubre de 1905 lo barrió en efecto. Entonces el boicot fue justo, no porque esté bien no participar en general en los parlamentos reaccionarios, sino porque fue acertadamente tomada en consideración la situación objetiva, que conducía a la rápida transformación de las huelgas de masas en huelga política y, sucesivamente, en huelga revolucionaria y en insurrección. Además, el objeto del debate era, a la sazón, saber si había que dejar en manos del zar la convocatoria de la primera institución representativa, o si debía intentarse arrancársela de las manos al antiguo régimen. Por cuanto no había ni podía haber la certeza plena de que la situación objetiva era análoga y de que su desenvolvimiento se había de realizar en el mismo sentido y con igual rapidez, el boicot dejaba de ser justo.

El boicot de los bolcheviques contra el “parlamento” en el año 1905 enriqueció al proletariado revolucionario con una experiencia política extraordinariamente preciosa, haciéndole ver que, en la combinación de las formas legales e ilegales, de las formas parlamentarias y extraparlamentarias de lucha, es, a veces, conveniente y hasta obligado saber renunciar a las formas parlamentarias. Pero transportar ciegamente, por simple imitación, sin discernimiento, esta experiencia a otras condiciones, a otras coyunturas, es el mayor de los errores. Lo que constituyó ya un error, aunque no grande y fácilmente corregible*, fue el boicot de la “Duma” por los bolcheviques en 1906. Fueron errores más serios y difícilmente reparables los boicots de 1907, 1908 y los años siguientes, pues, por una parte, no había que esperar que se levantara de nuevo rápidamente la ola revolucionaria, ni la transformación de la misma en insurrección y, por otra, la necesidad de combinar el trabajo legal con el ilegal nacía del conjunto de la situación histórica ligada a la renovación de la monarquía burguesa. Hoy, cuando se considera retrospectivamente este período histórico, que ha llegado a su completo término y cuyo enlace con los períodos ulteriores se ha manifestado ya plenamente, se comprende con singular claridad que los bolcheviques no habrian podido conservar (y no digo ya

* De la política y de los partidos se puede decir — con las variantes correspondientes — lo mismo que de los individuos. No es inteligente quien no comete errores. Hombres que no cometan errores, no los hay ni puede haberlos. Inteligente es quien comete errores que no son muy graves y sabe corregirlos bien y pronto.

afianzar, desarrollar y fortalecer) el núcleo sólido del partido revolucionario del proletariado durante los años 1908-1914, si no hubiesen defendido en la lucha más dura la combinación obligatoria de las formas legales de lucha con las formas ilegales, la participación obligatoria en un parlamento ultrarreaccionario y en una serie de otras instituciones permitidas por una legislación reaccionaria (sociedades de socorros mutuos, etc.).

En 1918, las cosas no llegaron hasta la escisión. Los comunistas “de izquierda” sólo constituyeron entonces un grupo especial o “fracción” en el interior de nuestro Partido, y no por mucho tiempo. En el mismo 1918, los representantes más señalados del “comunismo de izquierda”, Rádek y Bujarin, por ejemplo, reconocieron abiertamente su error. Les parecía que la paz de Brest era un compromiso con los imperialistas, inaceptable en principio y funesto para el partido del proletariado revolucionario. Se trataba, en efecto, de un compromiso con los imperialistas; pero precisamente un compromiso tal y en unas circunstancias tales, que era obligatorio.

Actualmente, cuando oigo, por ejemplo, a los “socialrevolucionarios” atacar la táctica seguida por nosotros al firmar la paz de Brest, o una advertencia como la que me hizo el camarada Landsbury en el curso de una conversación: “Los jefes de nuestras tradeuniones inglesas dicen que también pueden permitirse un compromiso, puesto que los bolcheviques se lo han permitido”, respondo habitualmente ante todo con una comparación sencilla y “popular”:

Figuraos que el automóvil en que vais es detenido por unos bandidos armados. Les dais el dinero, el pasaporte, el revólver, el automóvil, mas, a cambio de esto, os veis desembarazados de la agradable vecindad de los bandidos. Se trata, evidentemente, de un compromiso. Do ut des (“te doy” mi dinero, mis armas, mi automóvil, “para que me des” la posibilidad de marcharme en paz). Pero difícilmente se encontraría un hombre que no esté loco y que declarase que semejante compromiso es “inadmisible en principio” y denunciase al que lo ha concertado como cómplice de los bandidos (aunque éstos, una vez dueños del auto y de las armas, los utilicen para nuevos pillajes). Nuestro compromiso con los bandidos del imperialismo alemán fue análogo a éste.

Pero cuando los mencheviques y los socialrevolucionarios en Rusia, los partidarios de Scheidemann (y, en gran parte, los kautskianos) en Alemania, Otto Bauer y Friedrich Adler (sin hablar de los señores Renner y compañía) en Austria, los Renaudel, Longuet y compañía en Francia, los fabianos, “independientes” y “laboristas”[8] en Inglaterra concertaron, en 1914-1918 y en 1918-1920, con los bandidos de su propia burguesía y a veces de la burguesía “aliada”, compromisos dirigidos contra el proletariado revolucionario de su propio país, entonces esos señores obraron como cómplices de los bandidos.

La conclusión es clara: rechazar los compromisos “en principio”, negar la legitimidad de todo compromiso en general, es una puerilidad que es difícil tomar en serio. Un hombre político que quiera ser útil al proletariado revolucionario, debe saber distinguir los casos concretos de compromiso que son precisamente inadmisibles, que son una expresión de oportunismo y de traición, y dirigir contra t a l e s compromisos c o n c r e t o s toda la fuerza de su crítica, todo el filo de un desenmascaramiento implacable y de una guerra sin cuartel, no permitiendo a los socialistas, con su gran experiencia de “maniobreros”, y a los jesuítas parlamentarios escurrir el bulto, eludir la responsabilidad, por medio de disquisiciones sobre los “compromisos en general”. Los señores “jefes” de las tradeuniones inglesas, lo mismo que los de la Sociedad Fabiana y del Partido Obrero “Independiente”, pretenden eludir precisamente así la responsabilidad por la traición que han cometido, por haber concertado semejante compromiso que no es en realidad más que oportunismo, defección y traíción de la peor especie.

Hay compromisos y compromisos. Es preciso saber analizar la situación y las circunstancias concretas de cada compromiso o de cada variedad de compromiso. Debe aprenderse a distinguir al hombre que ha entregado a los bandidos su bolsa y sus armas, con el fin de disminuir el mal causado por ellos y facilitar su captura y ejecución, del que da a los bandidos su bolsa y sus armas para participar en el reparto del botín. En política esto dista mucho de ser tan fácil como en este ejemplito de una simplicidad infantil. Pero el que pretendiera imaginar una receta para los obreros, que señalase por adelantado soluciones adecuadas para todas las circunstancias de la vida o prometiera que en la política del proletariado revolucionario no se encontrarán nunca dificultades ni situaciones embrolladas, sería sencillamente un charlatán.

Para no dejar lugar a ninguna interpretación falsa, intentaré esbozar, aunque sólo sea brevemente, algunas tesis fundamentales para el análisis de los casos concretos de compromiso.

El partido que concertó con el imperialismo alemán el compromiso consistente en firmar la paz de Brest, había empezado a elaborar prácticamente su internacionalismo a fines de 1914. Dicho partido no temía proclamar la derrota de la monarquía zarista y estigmatizar la “defensa de la patria” en la guerra entre dos imperialismos voraces. Los diputados de dicho partido en el parlamento fueron a Siberia, en vez de seguir el fácil camino que conduce a las carteras ministeriales en un gobierno burgués. La revolución, al derribar el zarismo y crear la república democrática, sometió a este partido a una nueva y gran prueba: no contrajo ningún compromiso con los imperialistas de “su” país, sino que preparó su derrumbamiento y los derrumbó. Este mismo partido, una vez dueño del Poder político, no ha dejado piedra sobre piedra ni de la propiedad agraria de la nobleza ni de la propiedad capitalista. Después de haber publicado y hecho añicos los tratados secretos de los imperialistas, propuso la paz a todos los pueblos y sólo cedió ante la violencia de los bandidos de Brest, cuando los imperialistas anglo-franceses hicieron fracasar sus proposiciones de paz y después que los bolcheviques hubieron hecho todo lo humanamente posible para acelerar la revolución en Alemania y en otros países. La plena legitimidad de semejante compromiso, contraído por tal partido en tales circunstancias, se hace cada día más clara y evidente para todos.

Los mencheviques y socialrevolucionarios de Rusia (como todos los jefes de la II Internacional en el mundo entero, en 1914-1920) empezaron por la traición, justificando, directa o indirectamente, la “defensa de la patria”, es decir, la defensa de su burguesía ávida de conquistas, y persistieron en su traición coligándose con la burguesía de su país y luchando a su lado contra el proletariado revolucionario de su propio país. Su bloque con Kerenski y los kadetes primero, con Kolchak y Denikin después, en Rusia, así como el bloque de sus correligionarios extranjeros con la burguesía de sus propios países fue una deserción al campo de la burguesía contra el proletariado. Su compromiso con los bandidos del imperialismo consistió desde el principio hasta el fin en hacerse los cómplices del bandolerismo imperialista.

V

EL COMUNISMO “DE IZQUIERDA” EN
ALEMANIA. JEFES, PARTIDO, CLASE, MASA

Los comunistas alemanes, de quienes debemos hablar ahora, no se llaman “izquierdistas”, sino “oposición de principio”, si no me equivoco. Pero que tienen todos los síntomas de la “enfermedad infantil del izquierdismo”, se verá por lo que sigue.

El folleto titulado “Una escisión en el Partido Comunista de Alemania (Liga de los espartaquistas)”, que refleja e] punto de vista de esta oposición y ha sido editado por el “Grupo local de Francfort del Meno”, expone con sumo relieve, exactitud, claridad y concisión la esencia de los puntos de vista de esta oposición. Algunas citas serán suficientes para dar a conocer al lector dicha esencia:

“El Partido Comunista es el partido de la lucha de clases más decidida. . .”
“. . . Desde el punto de vista político este período de transición” (entre el capitalismo y el socialismo) “es el período de la dictadura del proletariado. . .”
“. . . Se plantea la cuestión: ¿quién debe ejercer la dicta dura, e l P a r t i d o C o m u n i s t a o l a c l a s e p r o I e t a r i a ? . . . En principio ¿debe tenderse a la dictadura del Partido Comunista o a la dictadura de la clase proletaria?!!” (Las palabras subrayadas lo están también en el original).

Más adelante, el Comité Central del Partido Comunista de Alemania es acusado por el autor del folleto de buscar una coalición con el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania, de que “la cuestión del reconocimiento, en principio, de todos los medios políticos ” de lucha, entre ellos el parlamentarismo, ha sido planteada por este Comité Central sólo para ocultar sus intenciones verdaderas y esenciales de realizar una coalición con los independientes. Y el folleto continúa:

“La oposición ha elegido otra senda. Sostiene la opinión de que la cuestión de la hegemonía del Partido Comunista y de la dictadura del mismo no es más que una cuestión de táctica. En todo caso, la hegemonia del Partido Comunista es la forma última de toda hegemonía de partido. En principio, debe tenderse a la dictadura de la clase proletaria. Y todas las medidas del Partido, su organización, sus formas de lucha, su estrategia y su táctica deben ser adaptadas a este fin. Hay que rechazar, por consiguiente, del moclo más categórico, todo compromiso con los demás partidos, todo retorno a los métodos de lucha parlamentarios, los cuales han caducado ya histórica y políticamente, toda política de maniobra y conciliación”. “Los métodos especificamente proletarios de lucha revolucionaria deben ser subrayados enérgicamente. Y para abarcar a los más amplios círculos y capas proletarias, que deben emprender la lucha revolucionaria bajo la dirección del Partido Comunista, hay que crear nuevas formas de organización sobre la base más amplia y con los más amplios marcos. Este lugar de agrupamiento de todos los elementos revolucionarios es la Unión Obrera constituida sobre la base de las organizaciones de fábrica. La Unión debe agrupar a todos los obreros fieles al lema: ifuera de los sindicatos! Es ahí donde se forma el proletariado militante en las más vastas filas combativas. Para ser admitido basta el reconocimiento de la lucha de clases, el sistema de los Soviets y la dictadura. La educación política ulterior de las masas militantes y la orientación política de las mismas en la lucha es misión del Partido Comunista, que se halla fuera de la Unión Obrera. . .”
“. . . Hay, por consiguiente, ahora, dos partidos comunistas, uno enfrente de otro:
U n o, e l p a r t i d o d e l o s j e f e s, que quiere organizar y dirigir la lucha revolucionaria desde arriba aceptando los compromisos y el parlamentarismo, con el fin de crear situaciones que permitan a estos jefes entrar en un gobierno de coalición en cuyas manos se halle la dictadura.
O t r o, e l p a r t i d o d e l a s m a s a s, que espera de abajo el impulso de la lucha revolucionaria, y no conoce ni aplica para esta lucha otro método que el que conduce claramente al fin, rechazando todos los procedimientos parlamentarios y oportunistas; ese método único es el derrocamiento incondicional de la burguesía para implantar después la dictadura de ciase del proletariado con el fin de instaurar el socialismo. . .”
“. . . ¡De un lado la dictadura de los jefes, de otro la dictadura de las masas! Tal es nuestra consigna”.

Tales son las tesis esenciales que caracterizan el punto de vista de la oposición en el Partido Comunista Alemán.

Todo bolchevique que haya contribuido conscientemente al desarrollo del bolchevismo desde 1903 o lo haya observado de cerca, no podrá menos de exclamar, inmediatamente después de haber leído estos razonamientos: “¡Qué antiguallas tan conocidas! ¡Qué infantilismo de ‘izquierda’!”

Pero examinemos más de cerca estos razonamientos.

El solo hecho de preguntar: “¿dictadura del partido o b i e n dictadura de clase?, ¿dictadura (partido) de los jefes o b i e n dictadura (partido) de las masas?” acredita la más increíble e irremediable confusión de ideas. Hay gentes que se esfuerzan por inventar algo enteramente original y no consiguen más, en su afán de sabiduría, que caer en el ridículo. De todos es sabido que las masas se dividen en clases, que oponer las masas a las clases no puede permitirse más que en un sentido, si se opone una mayoría aplastante, en su totalidad, sin distinguirse las posiciones ocupadas con relación al régimen social de la producción, a categorías que ocupan una posición especial en este régimen; que las clases están generalmente, en la mayoría de los casos, por lo menos en los países civilizados modernos, dirigidas por partidos políticos; que los partidos políticos están dirigidos, por regla general, por grupos más o menos estables de las personas más autorizadas, influyentes, expertas, elegidas para los cargos más responsables y que se llaman jefes. Todo esto es el abecé, todo esto es sencillo y claro. ¿Qué necesidad había de poner en su lugar no sé qué galimatías, no sé qué nuevo “volapuk”[9]? Por un lado, estas gentes, por lo visto, se han desorientado, cayendo en una situación difícil, cuando la sucesión rápida de la vida legal e ilegal del partido altera las relaciones ordinarias, normales y simples entre los jefes, los partidos y las clases. En Alemania, como en los demás países europeos, se está excesivamente habituado a la legalidad, a la elección libre y regular de los “jefes” por los congresos reglamentarios del Partido, a la comprobación cómoda de la composición de clase de este último por medio de elecciones al parlamento, los mítines, la prensa, el estado de espíritu de los sindicatos y otras asociaciones, etc. Cuando ha sido preciso, en virtud de la marcha borrascosa de la revolución y el desenvolvimiento de la guerra civil, pasar rápidamente de esta rutina a la sucesión, a la combinación de la legalidad y la ilegalidad, a los procedimientos “poco cómodos”, “no democráticos”, para designar, formar o conservar los “grupos de dirigentes”, la gente ha perdido la cabeza y ha empezado a inventar un monstruoso absurdo. Por lo visto, los “tribunistas” holandeses[10], que han tenido la desgracia de nacer en un país pequeño con una tradición de situación legal privilegiada y particularmente estable y que jamás han visto la sucesión de las situaciones legales e ilegales, se han embrollado y han perdido la cabeza, favoreciendo las invenciones más absurdas.

Por otra parte, salta a la vista el uso irreflexivo y arbitrario de algunas palabras “de moda” en nuestra época, como “la masa”, “los jefes”. La gente ha oído muchos ataques contra los “jefes” y se los ha aprendido de memoria, ha oído cómo les oponían a la “masa”, pero no se ha tomado el trabajo de reflexionar acerca del sentido de todo esto.

Al final de la guerra imperialista y después de ella, es cuando con más vivacidad y relieve se ha manifestado el divorcio entre “los jefes” y “la masa” en todos los países. La causa principal de este fenómeno ha sido explicada muchas veces por Marx y Engels, de 1852 a 1892, tomando el ejemplo de Inglaterra. La situación monopolista de dicho país dio origen al nacimiento de una “aristocracia obrera” oportunista, semipequeñoburguesa, salida de la “masa”. Los jefes de esta aristocracia obrera se pasaban constantemente al campo de la burguesía y eran mantenidos por ella directa o indirectamente. Marx mereció el odio, que le honra, de estos canallas, porque les tildó públicamente de traidores. El imperialismo moderno (del siglo XX) ha creado también en favor de algunos países adelantados una situación privilegiada, monopolista, y sobre este terreno ha surgido en todas partes, dentro de la II Internacional, ese tipo de jefes traidores, oportunistas, socialchovinistas, que defienden los intereses de su corporación, de su reducida capa de aristocracia obrera. Estos partidos oportunistas se han separado de las “masas”, es decir, de los sectores más vastos de trabajadores, de la mayoría de los mismos, de los obreros peor retribuidos. La victoria del proletariado revolucionario es imposible si no se lucha contra semejante mal, si no se desenmascara, si no se afrenta, si no se expulsa a los jefes oportunistas socialtraidores; tal es la política que ha llevado a la práctica la III Internacional.

Pero llegar con este pretexto a contraponer, e n t é r m i n o s g e n e r a l e s, la dictadura de las masas a la dictadura de los jefes, es un absurdo ridículo y una imbecilidad. Lo más divertido es que, de hecho, en el lugar de los antiguos jefes que se atenian a las ideas comunes sobre las cosas simples, se destacan (encubriéndolo con la consigna de “abajo los jefes”) jefes nuevos que dicen tonterias y disparates que escapan a todo calificativo. Tales son, en Alemania: Laufenberg, Wolf Heim, Horner[11], Karl Schroder, Friedrich Wendell, Karl Erler[*]. Las tentativas de este último para “profundizar” la cuestión y proclamar de un modo general la inutilidad y el “burguesismo” de los partidos políticos son tales columnas de Hércules de la estupidez, que le dejan a uno patidifuso. Cuán cierto es que de un pequeño error se puede siempre hacer uno monstruosamente grande, si se insiste sobre él, si se profundiza para encontrarle razones y si se quiere “llevarlo hasta las últimas consecuencias”.

Negar la necesidad del partido y de la disciplina del partido, he aquí el resultado a que ha llegado la oposición. Y esto equivale a desarmar completamente al proletariado en provecho de la burguesía. Esto da por resultado los vicios pequeñoburgueses: dispersión, inconstancia, falta de capacidad para el dominio de sí mismo, para la unión de los esfuerzos, para la acción organizada que producen inevitablemente, si se es indulgente con ellos, la ruina de todo movimiento revolucionario del proletariado. Negar, desde el punto de vista comunista, la necesidad del partido, es dar un salto desde la víspera de la quiebra del capitalismo (en Alemania), no hasta la fase inferior o media, sino hasta la fase superior

* En el Diario Obrero Comunista [12] (N.ƒ 32, Hamburgo, 7 de febrero de 1920), Karl Erler dice en un artículo titulado La disolución del Partido : “La dase obrera no puede destruir el Estado burgués sin aniquilar la democracia burguesa, y no puede aniquilar la democracia burguesa sin destruir los partidos”.
Las cabezas más confusas de los sindicalistas y anarquistas latinos pueden sentirse “satisfechas”: algunos alemanes de peso que, por lo visto, se consideran marxistas (con sus artículos en el citado periódico, K. Erler y K. Horner demuestran con aplomo que se consideran marxistas sólidos, aunque dicen de un modo singularmente ridículo tonterías inverosímiles, manifestando así no comprender el abecé del marxismo) llegan a afirmar cosas absurdas por completo. El reconocimiento del marxismo no preserva por sí solo de los errores. Los rusos saben bien esto, porque el marxismo ha estado “de moda” con harta frecuencia en nuestro país.

del comunismo. En Rusia (tres anos después de haber derribado a la burguesía) estamos dando todavía los primeros pasos desde el capitalismo al socialismo, o fase inferior del comunismo. Las clases han quedado y subsistirán en todas partes durante años después de la conquista del Poder por el proletariado. Es posible que en Inglaterra, donde no hay campesinos (¡aunque, en cambio, no faltan los pequeños patronos!) este plazo sea más breve. Suprimir las clases no consiste únicamente en expulsar a los terratenientes y a los capitalistas — esto lo hemos hecho nosotros con relativa facilidad –, sino también en suprimir los pequeños productores de mercancías. Pero a éstos e s i m p o s i b I e e x p u l s a r l o s, es imposible aplastarlos; hay que entenderse con ellos, se les puede (y se les debe) transformar, reeducar tan sólo mediante una labor de organización muy larga, lenta y cautelosa. Estos pequeños productores cercan al proletariado por todas partes del elemento pequeñoburgués, lo impregnan de este elemento, lo desmoralizan con él, provocan constantemente en el seno del proletariado recaídas de pusilanimidad pequeñoburguesa, de atomización, de individualismo, de oscilaciones entre la exaltación y el abatimiento. Son necesarias una centralización y una disciplina ¢everísimas en el partido político del proletariado para hacer frente a eso, para permitir que el proletariado ejerza acertada, eficaz y victoriosamente su función organizadora (que es su función principal – ). La dictadura del proletariado es una lucha tenaz, cruenta e incruenta, violenta y pacífica, militar y económica, pedagógica y administrativa, contra las fuerzas y las tradiciones de la vieja sociedad. La fuerza de la costumbre de millones y decenas de millones de hombres, es la fuerza más terrible. Sin un partido férreo y templado en la lucha, sin un partido que goce de la confianza de todo lo que haya de honrado dentro de la clase, sin un partido que sepa pulsar el estado de espíritu de las masas e influir sobre él, es imposible llevar a cabo con éxito esta lucha. Es mil veces más fácil vencer a la gran burguesía centralizada, que “vencer” a millones y millones de pequeños patronos, estos últimos, con su actividad corruptora invisible, inaprehensible, de todos los días, producen los mismos resultados que la burguesía necesita, que determinan la restauración de la misma. El que debilita, por poco que sea, la disciplina férrea del partido del proletariado (sobre todo en la época de su dictadura) ayuda de hecho a la burguesía contra el proletariado.

Al lado de la cuestión sobre los jefes, el partido, la clase, la masa, hay que plantear la cuestión sobre los sindicatos “reaccionarios”. Pero antes me permitiré hacer, a modo de conclusión, algunas advertencias fundadas en la experiencia de nuestro Partido. En éste siempre han existido los ataques contra la “dictadura de los jefes”. La primera vez, que yo recuerde, fue en 1895, época en que nuestro Partido no existía aún formalmente, pero en que ya empezaba a constituirse en Petersburgo el grupo central que debía hacerse cargo de la dirección de los grupos regionales. En el IX Congreso de nuestro Partido (en abril de 1920), hubo una pequeña oposición, que se declaró asimismo contra la “dictadura de los jefes”, la “oligarquía”, etc. No hay, pues, nada de sorprendente, nada nuevo, nada alarmante en la “enfermedad infantil” del “comunismo de izquierda” de los alemanes. Esta enfermedad transcurre sin consecuencias y hasta, una vez pasada, deja más vigoroso el organismo. Por otra parte, la rápida sucesión del trabajo legal e ilegal, con la necesidad de “ocultar”, de rodear sobre todo de secreto precisamente al Estado Mayor, a los jefes, motivó, en nuestro país, fenómenos profundamente peligrosos. El peor fue la entrada en el Comité Central de los bolcheviques, en 1912, de un agente provocador, Malinovski. Este causó la pérdida de decenas y decenas de los más excelentes y abnegados camaradas, llevándoles a los trabajos forzados y acelerando la muerte de muchos de ellos. Si no causó más daño fue porque habíamos establecido adecuadamente la relación entre el trabajo legal y el ilegal. Para ganar nuestra confianza, Malinovski, como miembro del Comité Central del Partido y diputado en la Duma, tuvo que ayudarnos a organizar la publicación de periódicos diarios legales, que supieron, aun bajo el zarismo, llevar a cabo la lucha contra el oportunismo de los mencheviques y predicar los principios fundamentales del bolchevismo, con el necesario disimulo. Con una mano Malinovski mandaba al presidio y a la muerte a decenas de los mejores combatientes del bolchevismo, pero con la otra se veía obligado a contribuir a la educación de decenas y decenas de millares de nuevos bolcheviques por medio de la prensa legal. Este es un hecho en el que deberían reflexionar detenidamente los camaraclas alemanes (y también los ingleses, los americanos, los franceses y los italianos), ante los cuales se presenta el problema de aprender a realizar una labor revolucionaria en los sindicatos reaccionarios*.

* Malinovski estuvo prisionero en Alemania. Cuando regresó a Rusia, ya bajo el gobierno bolchevique, fue inmediatamente entregado a los tribunales y fusilado por nuestros obreros. Los mencheviques nos han reprochado con especial acritud nuestro error, consistente en haber tenido un provocador en el Comité Central de nuestro Partido Pero cuando bajo Kerenski exigimos que fuera detenido y juzgado el Presidente de la Duma, Rodzianko, que desde antes de la guerra sabía que Malinovski era un provocador y no lo había comunicado a los diputados de los grupos de “trudoviques” [laboristas] y obreros en la Duma, ni los mencheviques ni los socialrevolucionarios, que formaban parte del gobierno junto con Kerenski, apoyaron nuestra demanda, y Rodzianko quedó en libertad y pudo largarse libremente a la zona ocupada por Denikin.

En muchos países, incluso en los más adelantados, la burguesía, sin duda alguna, envía y seguirá enviando provocadores a los partidos comunistas. Uno de los medios de luchar contra este peligro, es el de saber combinar como es debido el trabajo ilegal con el legal.

VI

¿DEBEN ACTUAR LOS REVOLUCIONARTOS
EN LOS SINDICATOS REACCIONARIOS?

Los comunistas “de izquierda” alemanes creen que pueden responder resueltamente a esta cuestión con la negativa. En su opinión el vocerío y los gritos de cólera contra los sindicatos “reaccionarios” y “contrarrevolucionarios” (esto lo hace K. Horner con un “aplomo” y una necedad especialísimos) bastan para “demostrar” la inutilidad y hasta la inadmisibilidad de la labor de los revolucionarios, de los comunistas, en los sindicatos amarillos, socialchovinistas, conciliadores, en los sindicatos contrarrevolucionarios de los Legien.

Pero por convencidos que estén los comunistas “de izquierda” alemanes del carácter revolucionario de semejante táctica, ésta es radicalmente errónea y no contiene más que frases vacías.

Para aclararlo, partiré de nuestra propia experiencia conforme al plan general del presente folleto, que tiene por objeto aplicar a la Europa occidental lo que la historia y la táctica actual del bolchevismo contienen de aplicable, importante y obligatorio en todas partes.

La relación entre jefes, partido, clase y masas, y, al mismo tiempo, la de la dictacdura del proletariado y su partido con respecto a los sindicatos, se presenta actualmente entre nosotros en la forma concreta siguiente: la dictadura la lleva a cabo el proletariado organizado en Soviets, dirigido por el Partido Comunista bolchevique, que, según los datos del último Congreso (abril de 1920), cuenta con 611.000 miembros. El número de sus afiliados ha oscilado mucho tanto antes como después de la Revolución de Octubre, e incluso en 1918-1919[13] fue mucho menos considerable. Tememos ensanchar excesivamente el Partido, porque los arrivistas y caballeros de industria, que no merecen más que ser fusilados, tienden inevitablemente a infiltrarse en un partido que se halla en el Poder. Últimamente abrimos de par en par las puertas del Partido — sólo para los obreros y campesinos –, en los días (invierno de 1919) en que Yudénich estaba a algunas verstas de Petrogrado y Denikin en Orel (a unas trescientas cincuenta verstas de Moscú), es decir, cuando la República Soviética se veía ante un peligro terrible, ante un peligro mortal, y los aventureros, los arrivistas, los caballeros de industria y, en general, los cobardes, no podían contar con hacer una carrera ventajosa (sino más bien con la horca y las torturas) de adherirse a los comunistas. Un Comité Central de 19 miembros, elegido en el Congreso, dirige el Partido, que reúne congresos anuales (en el último, la representación era de un delegado por cada mil miembros) y la gestión de los asuntos corrientes la llevan en Moscú dos burós, aun más restringidos, denominados “Buró de Organización” y “Buró Político”, elegidos en asambleas plenarias del Comité Central y compuestos cada uno de ellos por cinco miembros del C.C. Nos hallamos, por consiguiente, en presencia de una verdadera “oligarquía”. No hay cuestión importante, política o de organización, que sea resuelta por cualquier institución estatal de nuestra República, sin que el Comité Central del Partido haya dado sus normas directivas.

El Partido se apoya directamente, para su labor, en los sindicatos, que cuentan ahora, según los datos del último Congreso (abril de 1920), más de cuatro millones de afiliados, y que en el aspecto formal son sin partido. De hecho, todas las instituciones directoras de la enorme mayoría de los sindicatos, y sobre todo, naturalmente, la central o Buró sindical (Consejo Central de los Sindicatos de Rusia) se componen de comunistas y aplican todas las directivas del Partido. Se obtiene, en conjunto, un aparato proletario, formalmente no comunista, flexible y relativamente amplio, potentísimo, por medio del cual el Partido está estrechamente vinculado a la clase y a la masa y por medio del cual se lleva a cabo la dictadura de clase, bajo la dirección del Partido. Nos hubiera sido naturalmente imposible, no ya dos años, ni siquiera dos meses gobernar el país y sostener la dictadura, sin la más estrecha unión con los sindicatos, sin su apoyo entusiasta, sin su colaboración abnegada, no sólo en el terreno de la construcción económica, sino también en el militar. Se comprende que esta estrecha unión significa, en la práctica, una labor de propaganda, de agitación complejísima y variada, oportunas y frecuentes conferencias, no sólo con los dirigentes, sino con los militantes que, en general, tienen influencia en los sindicatos, una lucha decidida contra los mencheviques, que han conservado hasta hoy cierto número de partidarios — muy pequeño en verdad –, a los que inician en todas las malas artes de la contrarrevolución, que, empezando por la defensa ideológica de la democracia (burguesa ) y pasando por la prédica de la

“independencia” de los sindicatos (independencia. . . ¡del Poder gubernamental proletario!), llegan hasta el sabotaje de la disciplina proletaria, etc., etc.

Reconocemos que para el mantenimiento del contacto con las “masas” son insuficientes los sindicatos. En el curso de la revolución se ha creado en Rusia una práctica que procuramos por todos los medios mantener, desarrollar, extender: las conferencias de obreros y campesinos sin partido, que nos permiten observar el estado de espíritu de las masas, acercarnos a ellas, responder a sus anhelos, elevar a los puestos gubernamentales a sus mejores elementos, etc. Por un decreto reciente sobre la organización del Comisariado del Pueblo de Control del Estado, que se convierte en “Inspección Obrera y Campesina”, se concede a estas conferencias sin partido el derecho a elegir miembros del Control del Estado encargados de las funciones más diversas de revisión, etc.

Naturalmente, toda la labor del Partido se realiza, además, a través de los Soviets, que unifican a las masas trabajadoras, sin distinción de oficios. Los congresos de distrito de los Soviets representan una institución democrática, como jamás se ha visto en las mejores repúblicas democráticas del mundo burgués, y por medio de estos congresos (cuya labor sigue el Partido con toda la atención posible), así como por la designación constante de los obreros más conscientes para los cargos en las poblaciones rurales, el proletariado desempeña su función directora con respecto a la clase campesina, se realiza la dictadura del proletariado de las ciudades, la lucha sistemática contra los campesinos ricos, burgueses, explotadores y especuladores, etc.

Tal es el mecanismo general del Poder estatal proletario examinado “desde arriba”, desde el punto de vista de la

realización práctica de la dictadura. Es de esperar que el lector comprenderá por qué el bolchevique ruso, que conoce de cerca este mecanismo y lo ha visto nacer de los pequeños círculos ilegales y clandestinos en el curso de 25 años, no puede por menos de hallar ridículas, pueriles y absurdas todas las discusiones sobre la dictadura “desde arriba” o “desde abajo”, la dictadura de los jefes o la dictadura de las masas, etc., como lo sería una disputa acerca de la utilidad mayor o menor para el hombre de la pierna izquierda o del brazo derecho.

Tampoco pueden no parecernos ridículas, pueriles y absurdas las muy sabias, importantes y terriblemente revolucionarias disquisiciones de los comunistas de izquierda alemanes sobre este tema, a saber: que los comunistas no pueden ni deben militar en los sindicatos reaccionarios, que es lícito renunciar a semejante acción, que hay que salir de los sindicatos y organizar sin falta “uniones obreras” nuevecitas, completamente puras, inventadas por comunistas muy simpáticos (y en la mayoría de los casos, probablemente muy jóvenes), etc., etc.

El capitalismo lega inevitablemente al socialismo, de una parte, las viejas distinciones profesionales y corporativas que se han formado en el transcurso de los siglos entre los obreros, y, de otra, los sindicatos, que no pueden desarrollarse sino muy lentamente en el curso de los años y que se transformarán con el tiempo en sindicatos de industria más amplios, menos corporativos (que engloban a industrias enteras, y no sólo a corporaciones, oficios y profesiones). Después, por mediación de estos sindicatos de industria, se pasará a la supresión de la división del trabajo entre los hombres, a la educación, la instrucción y la formación de hombres universalmente desarrollados y universalmente preparados, hombres que lo sabrán hacer todo. En este sentido se orienta, debe orientarse y a esto llegará el comunismo aunque dentro de muchos años. Intentar llevar actualmente a la práctica ese resultado futuro de un comunismo llegado al término de su completo desarrollo, solidez y formación, de su íntegra realización y de su madurez, es lo mismo que querer enseñar matemáticas superiores a un niño de cuatro años.

Podemos (y debemos) emprender la construcción del socialismo, no con un material humano fantástico, especialmente creado por nosotros, sino con el que nos ha dejado como herencia el capitalismo. Ni que decir tiene que esto es muy “difícil”, pero cualquier otro modo de abordar el problema es tan poco serio, que ni siquiera merece ser mencionado.

Los sindicatos representaban un progreso gigantesco de la clase obrera en los primeros tiempos del desarrollo del capitalismo, por cuanto significaban el paso de la división y de la impotencia de los obreros a los embriones de unión de clase. Cuando empezó a desarrollarse la forma superior de unión de clase de los proletarios, el partido revolucionario del proletariado (que no merecerá este nombre mientras no sepa ligar a los líderes con la clase y las masas en un todo único, indisoluble), los sindicatos empezaron a manifestar fatalmente ciertos rasgos reaccionarios, cierta estrechez corporativa, cierta tendencia al apoliticismo, cierto espíritu rutinario, etc. Pero el desarrollo del proletariado no se ha efectuado ni ha podido efectuarse en ningún país de otro modo que por los sindicatos y por su acción concertada con el partido de la clase obrera. La conquista del Poder político por el proletariado es un progreso gigantesco de este último considerado como clase; y el partido se encuentra en

la obligación de consagrarse mas, y de un modo nuevo y no por los procedimientos antiguos, a la educación de los sindicatos, a dirigirlos, sin olvidar al mismo tiempo que éstos son y serán todavía bastante tiempo una “escuela de comunismo” necesaria, la escuela preparatoria de los proletarios para la realización de su dictadura, la asociación indispensable de los obreros para el paso progresivo de la dirección de toda la economía del país, primero a manos de la clase obrera (y no de profesiones aisladas) y después a manos de todos los trabajadores.

Bajo la dictadura del proletariado, es inevitable cierto “espíritu reaccionario” de los sindicatos en el sentido indicado. No comprenderlo significa dar pruebas de una incomprensión total de las condiciones fundamentales de la transición del capitalismo al socialismo. Temer este “espíritu reaccionario”, esforzarse por prescindir de él, por saltar por encima de él, es una inmensa tontería, pues equivale a temer el papel de vanguardia del proletariado, que consiste en educar, instruir, preparar, traer a una vida nueva a los sectores más atrasados de las masas obreras y campesinas. Por otro lado, aplazar la dictadura del proletariado hasta que no quedase ni un solo obrero de estrecho espíritu sindical, un solo obrero que tuviese prejuicios tradeunionistas y corporativos, sería un error todavía más profundo. El arte del político (y la comprensión acertada de sus deberes en el comunista) consiste precisamente en saber apreciar con exactitud las condiciones y el momento en que la vanguardia del proletariado puede tomar victoriosamente el Poder, en que puede, durante la toma del Poder y después de ella, obtener un apoyo suficiente de sectores suficientemente amplios de la clase obrera y de las masas laboriosas no proletarias, en que puede, después de la toma del Poder, mantener, afianzar, ensanchar su dominio, educando, instruyendo, atrayéndose a masas cada vez más amplias de trabajadores.

Más aun. En los países más adelantados que Rusia, se ha hecho sentir y debía hacerse sentir un cierto espíritu reaccionario de los sindicatos, indudablemente más acentuado que en nuestro país. Aquí los mencheviques hallaban (y en parte hallan todavía en un pequeño número de sindicatos) un apoyo entre los sindicatos, precisamente gracias a esa estrechez corporativa, a ese egoísmo profesional y al oportunismo. Los mencheviques de Occidente se han “fortificado” mucho más sólidamente en los sindicatos, allí ha surgido una capa mucho más fuerte de “aristocracia obrera ” profesional, mezquina, egoísta, desalmada, ávida, pequeñoburguesa, de espíritu imperialista, comprada y corrompida por el imperialismo. Esto es indiscutible. La lucha contra los Gompers, contra los señores Jouhaux, los Henderson, Merrheim, Legien y Cía. en la Europa occidental, es mucho más difícil que la lucha contra nuestros mencheviques, que representan un tipo social y político completamente homogéneo. Es preciso sostener esta lucha implacablemente y continuarla como hemos hecho nosotros hasta cubrir de oprobio y arrojar de los sindicatos a todos los jefes incorregibles del oportunismo y del socialchovinismo. Es imposible conquistar el Poder político (y no debe intentarse tomar el Poder político) mientras esta lucha no haya alcanzado cierto grado; este “cierto grado” no es idéntico en todos los países y en todas condiciones, y sólo dirigentes políticos reflexivos, experimentados y competentes del proletariado pueden determinarlo con acierto en cada país. (En Rusia nos dieron la medida del éxito en nuestra lucha, entre otras cosas, las elecciones a la Asamblea Constituyente en noviembre de 1917, unos días después de la revolución proletaria del 25 de octubre de 1917. En dichas elecciones, los mencheviques fueron literalmente aplastados, obteniendo 0,7 millones de votos — 1,4 millones, contando los de Transcaucasia — contra nueve millones alcanzados por los bolcheviques. Véase mi artículo “Las elecciones a la Asamblea Constituyente y la dictadura del proletariado”, en el número 7-8 de “La Internacional Comunista”.)

Pero la lucha contra ia “aristocracia obrera” la sostenemos en nombre de la masa obrera y para ponerla de nuestra parte; la lucha contra los jefes oportunistas y socialchovinistas la llevamos a cabo para conquistar a la clase obrera. Sería necio olvidar esta verdad elementalísima y más que evidente. Y tal es precisamente la necedad que cometen los comunistas alemanes “de izquierda”, los cuales deducen del carácter reaccionario y contrarrevolucionario de los cabecillas de los sindicatos la conclusión de la necesidad de. . . ¡¡salir de los sindicatos!!, de ¡¡renunciar a trabajar en los mismos!! y de ¡¡crear nuevas formas de organización obrera i n v e n t a d a s por ellos!! Es ésta una estupidez tan imperdonable que equivale al mejor servicio prestado a la burguesía por los comunistas. Porque nuestros mencheviques, como todos los líderes sindicales oportunistas, socialchovinistas y kautskianos, no son más que “agentes de la burguesía en el movimiento obrero” (como hemos dicho siempre refiriéndonos a los mencheviques) o en otros términos, los “lugartenientes obreros de la clase de los capitalistas” [labor lieutenants of the capitalist class], según la magnífica expresión, profundamente exacta, de los discípulos de Daniel de León en los Estados Unidos. No actuar en el seno de los sindicatos reaccionarios, significa abandonar a las masas obreras insuficientemente desarrolladas o atrasadas, a la influencia de los líderes reaccionarios, de los agentes de la burguesía, de los obreros aristócratas u “obreros aburguesados” (sobre este punto véase la carta de 1858 de Engels a Marx acerca de los obreros ingleses).

Precisamente la absurda “teoría” de la no participación de los comunistas en los sindicatos reaccionarios demuestra con la mayor evidencia con qué ligereza estos comunistas “de izquierda” consideran la cuestión de la influencia sobre las “masas” y de qué modo abusan de su griterío acerca de las “masas”. Para saber ayudar a la “masa”, para adquirir su simpatía, su adhesión y su apoyo, no hay que temer las dificultades, las zancadillas, los insultos, los ataques, las persecuciones de los “jefes” (que, siendo oportunistas y socialchovinistas, están en la mayor parte de los casos en relación directa o indirecta con la burguesía y la policía) y trabajar sin falta allí donde estén las masas. Hay que saber hacer toda clase de sacrificios, vencer los mayores obstáculos para entregarse a una propaganda y agitación sistemática, tenaz, perseverante, paciente, precisamente en las instituciones, sociedades, sindicatos, por reaccionarios que sean, donde se halle la masa proletaria o semiproletaria. Y los sindicatos y las cooperativas obreras (estas últimas, por lo menos, en algunos casos) son precisamente las organizaciones donde están las masas. En Inglaterra, según los datos publicados por el periódico sueco “Folkets Dagblad Politiken”[14] del 10 de marzo de 1920, el número de miembros de las tradeuniones se ha elevado, desde fines de 1917 a últimos de 1918, de 5,5 millones a 6,6 millones, es decir que ha aumentado en el 19 por ciento. A fines de 1919, los efectivos ascendían a 7 millones y medio. No tengo a mano las cifras correspondientes a Francia y Alemania, pero algunos hechos, enteramente indiscutibles y conocidos de todo el mundo, atestiguan el considerable crecimiento del número de miembros de los sindicatos también en estos países.

Estos hechos manifiestan con entera claridad lo que otros mil síntomas confirman: los progresos de la conciencia y de los anhelos de organización precisamente en las masas proletarias, en los sectores más “bajos” de ellas, en los más atrasados. Millones de obreros en IngLaterra, en Francia, en Alemania pasan por primera vez de la inorganización completa a la forma más elemental y rudimentaria, más simple y más accesible (para los que se hallan todavía de lleno impregnados de prejuicios democráticoburgueses) de organización: precisamente los sindicatos; y los comunistas de izquierda, revolucionarios, pero irreflexivos, quedan al lado y gritan: “¡Masa!”, “¡Masa!” y ¡¡se niegan a trabajar en los s i n d i c a t o s!! ¡¡so pretexto de su “espíritu reaccionario”!! e inventan una “Unión Obrera” nuevecita, pura, limpia de todo prejuicio democráticoburgués y de todo pecado de estrechez corporativa y profesional, “Unión Obrera” que será (¡que será!) — dicen — muy amplia y para la admisión en la cual se exige solamente (¡solamente!) ¡¡el “reconocimiento del sistema de los Soviets y de la dictadura” (sobre esto véase la cita transcrita más arriba)!!

No se puede concebir mayor insensatez, un daño mayor causado a la revolución por los revolucionarios “de izquierda”. Si hoy en Rusia, después de dos años y medio de triunfos sin precedentes sobre la burguesía rusa y la de la Entente, estableciéramos como condición precisa para el ingreso en los sindicatos el “reconocimiento de la dictadura”, cometeríamos una tontería, quebrantaríamos nuestra influencia sobre las masas, ayudaríamos a los mencheviques. Porque toda la tarea de los comunistas consiste en saber convencer a los elementos atrasados, en saber trabajar entre ellos y no en aislarse de ellos mediante fantásticas consignas infantilmente “izquierdistas”.

Es indudable que los señores Gompers, Henderson, Jouhaux, Legien están muy reconocidos a esos revolucionarios “de izquierda” que, como los de la oposición “de principio” alemana (¡el cielo nos preserve de semejantes “principios”!) o de algunos revolucionarios de “Los Trabajadores Industriales del Mundo”[15] en los Estados Unidos, predican la salida de los sindicatos reaccionarios y la renuncia a trabajar en los mismos. No dudamos de que los señores “jefes” del oportunismo recurrirán a todos los procedimientos de la diplomacia burguesa, al concurso de los gobiernos burgueses, de los curas, de la policía, de los tribunales, para impedir la entrada de los comunistas en los sindicatos, para expulsarles de ellos por todos los medios posibles, para hacer su labor en los sindicatos lo más desagradable posible, para ofenderles, acosarles y perseguirles. Hay que saber resistir a todo esto, disponerse a todos los sacrificios, emplear incluso, en caso de necesidad, todas las estratagemas, todas las astucias, los procedimientos ilegales, silenciar y ocultar la verdad con objeto de penetrar en los sindicatos, permanecer en ellos y realizar allí, cueste lo que cueste, una labor comunista. Bajo el régimen zarista, hasta 1905, no tuvimos ninguna “posibilidad legal”, pero cuando el policía Subátov organizó sus asambleas, sus asociaciones obreras reaccionarias, con objeto de cazar a los revolucionarios y luchar con ellos, enviamos allí miembros de nuestro Partido (recuerdo entre ellos al camarada Bábushkin, un destacando obrero peteburgués, fusilado en 1906 por los generales zaristas), los cuales establecieron el contacto con la masa, consiguieron realizar su agitación y sustraer a los obreros a la influencia de las gentes de Subátov[*]. Actuar así, naturalmente, es más difícil en los países de la Europa occidental, especialmente impregnados de prejuicios legalistas, constitucionales, democrático-burgueses, particularmente arraigados. Pero se puede y se debe hacer, procediendo sistemáticamente.

El Comité Ejecutivo de la III Internacional debe, a mi juicio, condenar abiertamente y proponer al próximo Congreso de la Internacional Comunista que condene tanto la política de no participación en los sindicatos reaccionarios (motivando detalladamente la insensatez de esta no participación y el grave daño que se hace a la causa de la revolución proletaria con semejante actitud) y, de un modo particular, la línea de conducta de algunos miembros del Partido Comunista Holandés, los cuales (directa o indirectamente, abierta o encubiertamente, general o parcialmente, lo mismo da), han sostenido esta política errónea. La III Internacional debe romper con la táctica de la Segunda y no eludir las cuestiones escabrosas, no ocultarlas, sino plantearlas a rajatabla. Hemos dicho cara a cara la verdad a los “independientes” (Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania); del mismo modo hay que decir toda la verdad cara a cara a los comunistas “de izquierda”.

* Los Gompers, Henderson, Jouhaux, Legien, no son otra cosa que los Subátov, que se distinguen del nuestro por su traje europeo, por su porte elegante, por los refinados medios aparentemente democráticos y civilizados de realización de su canallesca política.

VII

¿DEBE PARTICIPARSE EN LOS PARLAMENTOS
BURGUESES?

Los comunistas “de izquierda” alemanes, con el mayor desprecio — y la mayor ligereza –, responden a esta pregunta negativamente. ¿Sus argumentos? En la cita que hemos reproducido más arriba leemos:

“. . . rechazar del modo más categórico todo retorno a los métodos de lucha parlamentarios, los cuales han caducado ya histórica y políticamente. . .”

Esto está dicho en un tono ridículo, de puro presuntuoso, y es una falsedad evidente. ¡”Retorno” al parlamentarismo! ¿Existe ya acaso en Alemania una República Soviética? Parece ser que no. ¿Cómo puede hablarse entonces de “retorno”? ¿No es esto una frase vacía?

El parlamentarismo “ha caducado históricamente”. Esto es cierto desde el punto de vista de la propaganda. Pero nadie ignora que de ahí a su superación práctica hay una distancia inmensa. Hace ya algunas décadas que podía decirse, con entera justicia, que el capitalismo había “caducado históricamente”, lo cual no impide, ni mucho menos, que nos veamos precisados a sostener una lucha muy prolongada y muy tenaz sobre el terreno del capitalismo. El parlamentarismo “ha caducado históricamente” desde un punto de vista histórico universal, es decir, la época del parlamentarismo burgués ha terminado, la época de la dictadura del proletariado ha empezado. Esto es indiscutible, pero en la historia universal se cuenta por décadas. Aquí diez o veinte años más o menos no tienen importancia, desde el punto de vista de la historia universal son una pequeñez, imposible de apreciar ni aproximadamente. Pero, precisamente por eso, remitirse en una cuestión de política práctica a la escala de la historia universal, es la aberración teórica más escandalosa.

¿Ha “caducado políticamente” el parlamentarismo? Esto es ya otra cuestión. Si fuese cierto, la posición de los “izquierdistas” sería sólida. Pero hay que probarlo por medio de un análisis serio, y los “izquierdistas” ni siquiera saben abordarlo. El análisis contenido en las “Tesis sobre el parlamentarismo”, publicadas en el número 1 del “Boletín de la Oficina Provisional de Amsterdam de la Internacional Comunista” (“Bulletin of the Provisional Bureau in Amsterdam of the Communist International”, February[16] 1920), y que expresan claramente las tendencias específicamente izquierdistas de los holandeses o las tendencias de izquierda específicamente holandesas, como veremos, no vale tampoco un comino.

En primer lugar, los comunistas “de izquierda” alemanes, como se sabe, ya en enero de 1919 consideraban el parlamentarismo como “políticamente caduco”, contra la opinión de dirigentes políticos tan eminentes como Rosa Luxemburgo y Carlos Liebknecht. Como es sabido, los “izquierdistas” se equivocaron. Este hecho basta para destruir de golpe y radicalmente la tesis según la cual el parlamentarismo “ha caducado políticamente”. Los “izquierdistas” tienen el deber de demostrar por qué ese error indiscutible de entonces ha dejado de serlo hoy. Pero no aportan la menor sombra de prueba, ni pueden aportarla. La actitud de un partido político ante sus errores es una de las pruebas más importantes y más fieles de la seriedad de ese partido y del cumplimiento efectivo de sus deberes hacia su clase y hacia las masas trabajadoras. Reconocer abiertamente los errores, poner al descubierto sus causas, analizar la situación que los ha engendrado y examinar atentamente los medios de corre girlos: esto es lo que caracteriza a un partido serio, en esto es en lo que consiste el cumplimiento de sus deberes, esto es educar e instruir a la clase, primero, y, después, a las masas. Como no cumplen esa obligación suya, como no ponen toda la atención, todo el celo y cuidados necesarios para estudiar su error manifiesto, los “izquierdistas” de Alemania (y de Holanda) muestran que no son el partido de una clase, sino un círculo, que no son el partido de las masas, sino un grupo de intelectuales y un reducido número de obreros que imitan los peores rasgos de los intelectualoides.

En segundo lugar, en el mismo folleto del grupo “de izquierda” de Francfort, del que hemos dado citas detalladas más arriba, leemos:

“. . . los millones de obreros que siguen todavía la política del centro” (del Partido Católico del “Centro”) “son contrarrevolucionarios. Los proletarios del campo forman las legiones de los ejércitos contrarrevolucionarios” (pág. 3 del folleto citado).

Como se ve, todo esto está dicho con un énfasis y una exageración excesivos. Pero el hecho fundamental aquí referido es indiscutible, y su reconocimiento por los “izquierdistas” atestigua con particular evidencia su error. En efecto, ¡¿cómo se puede decir que el “parlamentarismo ha caducado políticamente”, si “millones” y “legiones” de proletarios son todavía, no sólo partidarios del parlamentarismo en general, sino hasta francamente “contrarrevolucionarios”?!

Es evidente que el parlamentarismo en Alemania no ha caducado aún políticamente. Es evidente que los “izquierdistas” de Alemania han tomado su deseo, su ideal político por una realidad objetiva. Este es el más peligroso de los errores para los revolucionarios. En Rusia, donde el yugo profundamente salvaje y cruel del zarismo engendró, durante un período sumamente prolongado y en formas particularmente variadas, revolucionarios de todos los matices, revolucionarios de una abnegación, de un entusiasmo, de un heroísmo, de una fuerza de voluntad asombrosos, en Rusia, hemos podido observar muy de cerca, estudiar con mucha atención, conocer a la perfección este error de los revolucionarios, y por esto lo apreciamos con especial claridad en los demás. Naturalmente, para los comunistas de Alemania el parlamentarismo “ha caducado políticamente”, pero se trata precisamente de no creer que lo que ha caducado para nosotros haya caducado para la clase, para la masa. Una vez más, vemos aquí que los “izquierdistas” no saben razonar, no saben conducirse como partido de clase, como partido de masas. Vuestro deber consiste en no descender hasta el nivel de las masas, hasta el nivel de los sectores atrasados de la clase. Esto es indiscutible. Tenéis el deber de de cirles la amarga verdad, de decirles que sus prejuicios democrático-burgueses y parlamentarios son eso, prejuicios, pero al mismo tiempo, debéis observar serenamente el estado real de conciencia y de preparación de la clase entera (y no sólo de su vanguardia comunista), de toda la masa trabajadora entera (y no sólo de sus individuos avanzados).

Aunque no fuesen “millones” y “legiones”, sino una simple minoría bastante importante de obreros industriales, la que siguiese a los curas católicos, y de obreros agrícolas, la que siguiera a los terratenientes y campesinos ricos (Grossbauern ), podría asegurarse ya sin dudar que el parlamentarismo en Alemania no había caducado todavía políticamente, que la participación en las elecciones parlamentarias y la lucha en la tribuna parlamentaria es obligatoria para el partido del proletariado revolucionario, precisamente para educar a los elementos atrasados de su clase, precisamente para despertar e ilustrar a la masa aldeana analfabeta, ignorante y embrutecida. Mientras no tengáis fuerza para disolver el parlamento burgués y cualquiera otra institución reaccionaria, estáis obligados a trabajar en el interior de dichas instituciones, precisamente porque hay todavía en ellas obreros idiotizados por el clero y por la vida en los rincones más perdidos del campo. De lo contrario, corréis el riesgo de convertiros en simples charlatanes.

En tercer lugar, los comunistas “de izquierda” nos colman de elogios a nosotros, los bolcheviques. A veces dan ganas de decirles: ¡alabadnos menos, pero compenetraos más con nuestra táctica, familiarizaos más con ella! Participamos, de septiembre a noviembre de 1917, en las elecciones al parlamento burgués de Rusia, a la Asamblea Constituyente. ¿Era acertada nuestra táctica o no? Si no lo era, hay que decirlo claramente y demostrarlo: es indispensable para elaborar la táctica justa del comunismo internacional. Si lo era, deben sacarse de ello las conclusiones que se imponen. Naturalmente, no se trata, ni mucho menos, de equiparar las condiciones de Rusia a las de la Europa occidental. Pero especialmente con respecto al significado de la idea de que el “parlamentarismo ha caducado políticamente”, hay que tener cuidadosamente en cuenta nuestra experiencia, pues si no se toma en consideración una experiencia concreta, estas ideas se convierten con excesiva facilidad en frases vacías. ¿Acaso no teníamos nosotros, los bolcheviques rusos, en aquel período, de septiembre a noviembre de 1917, más derecho que cualesquiera otros comunistas de Occidente a considerar que el parlamentarismo había caducado políticamente en Rusia? Lo teníamos, naturalmente, pues no se trata de si los parlamentos burgueses llevan mucho tiempo de existencia o existen desde hace poco, sino del grado de preparación (ideológica, política, práctica) de las grandes masas trabajadoras para aceptar el régimen soviético y disolver o admitir la disolución del parlamento democráticoburgués. Que en Rusia, de septiembre a noviembre de 1917, la clase obrera de las ciudades, los soldados y los campesinos estaban, en virtud de una serie de condiciones específicas, excepcionalmente dispuestos a aceptar el régimen soviético y a disolver el parlamento burgués más democrático, es un hecho histórico absolutamente indiscutible y plenamente demostrado. Y no obstante, los bolcheviques no boicotearon la Asamblea Constituyente, sino que participaron en las elecciones tanto antes como d e s p u é s de la conquista del Poder político por el proletariado. Que dichas elecciones han dado resultados políticos extraordinariamente valiosos (y excepcionalmente útiles para el proletariado), es un hecho que creo haber demostrado en el artículo citado más arriba, donde analizo detalladamente los resultados de las elecciones a la Asamblea Constituyente de Rusia.

La conclusión que de ello se deriva es absolutamente indiscutible: está probado que, aun unas semanas antes del triunfo de la República Soviética, aun después de este triunfo, la participación en un parlamento democráticoburgués, no sólo no perjudica al proletariado revolucionario, sino que le facilita la posibilidad de hacer ver a las masas atrasadas por qué semejantes parlamentos merecen ser disueltos, facilita el éxito de su disolución, facilita la “eliminación política” del parlamentarismo burgués. No tener en cuenta esta experiencia y pretender al mismo tiempo pertenecer a la Internacional Comunista, que debe elaborar internacionalmente su táctica (no una táctica estrecha o exclusivamente nacional, sino precisamente una táctica internacional), significa incurrir en el más profundo de los errores y precisamente apartarse de hecho del internacionalismo, aunque éste sea proclamado de palabra.

Consideremos ahora los argumentos “izquierdistas específicamente holandeses” en favor de la no participación en los parlamentos. He aquí la tesis 4, una de las más importantes tesis “holandesas” citadas más arriba, traducida del inglés:

“Cuando el sistema capitalista de producción es destrozado y la sociedad atraviesa un período revolucionario, la acción parlamentaria pierde poco a poco su valor, en comparación con la acción de las propias masas. Cuando en estas condiciones el parlamento se convierte en el centro y el órgano de la contrarrevolución, y, por otra parte, la clase obrera crea los instrumentos de su Poder en forma de Soviets, puede resultar incluso necesario renunciar a toda participación en la acción parlamentaria”.

La primera frase es evidentemente falsa, pues la acción de las masas, por ejemplo, una gran huelga, es siempre más importante que la acción parlamentaria, y no sólo durante la revolución o en una situación revolucionaria. Este argumento, de indudable inconsistencia histórica y políticamente falso, muestra sólo, con particular evidencia, que los autores no tienen para nada en cuenta ni la experiencia de toda Europa (de Francia en vísperas de las revoluciones de 1848 y 1870, de Alemania entre 1878 y 1890, etc.) ni de Rusia (véase más arriba) sobre la importancia de la combinación de la lucha legal con la ilegal. Esta cuestión tiene una importancia inmensa, tanto de un modo general como de un modo especial, porque en todos los países civilizados y adelantados se acerca a grandes pasos la época en que dicha combinación será — y lo es ya en parte — cada vez más obligatoria para el partido del proletariado revolucionario, a consecuencia de la maduración y de la proximidad de la guerra civil del proletariado con la burguesía, a consecuencia de las feroces persecuciones de los comunistas por los gobiernos republicanos y, en general, por los gobiernos burgueses, que violan constantemente la legalidad (como ejemplo de ello basta citar a los Estados Unidos), etc. Esta cuestión esencial es absolutamente incomprendida por los holandeses y los izquierdistas en general.

La segunda frase es, en primer término, falsa históricamente. Los bolcheviques hemos actuado en los parlamentos más contrarrevolucionarios, y la experiencia ha demostrado que semejante participación ha sido, no sólo útil, sino necesaria para el partido del proletariado revolucionario, precisamente después de la primera revolución burguesa en Rusia (1905) para preparar la segunda revolución burguesa (febrero de 1917) y luego la revolución socialista (octubre de 1917). En segundo lugar, dicha frase es de un ilogismo sorprendente. De que el parlamento se convierta en el órgano y “centro” (aunque dicho sea de paso, no ha sido nunca ni ha podido ser en realidad el “centro”) de la contrarrevolución y de que los obreros creen los instrumentos de su Poder en forma de Soviets, se sigue que los trabajadores deben prepararse ideológica, política y técnicamente para la lucha de los Soviets contra el parlamento, para la disolución del parlamento por los Soviets. Pero de esto no se deduce en modo alguno que semejante disolución sea obstaculizada, o no sea facilitada por la presencia de una oposición sovietista en el interior de un parlamento contrarrevolucionario. Jamás hemos notado durante nuestra lucha victoriosa contra Denikin y Kolchak que la existencia de una oposición proletaria, sovietista, en sus dominios, haya sido indiferente para nuestros triunfos. Sabemos perfectamente que la disolución de la Constituyente, llevada a cabo por nosotros el 5 de enero de 1918, lejos de ser dificultada, fue facilitada por la presencia dentro de la Constituyente contrarrevolucionaria que disolvíamos, tanto de una oposición sovietista consecuente, la bolchevique, como también de una oposición sovietista inconsecuente, la de los socialrevolucionarios de izquierda. Los autores de la tesis se han embrollado completamente y han olvidado la experiencia de una serie de revoluciones, si no de todas, experiencia que acredita los servicios especiales prestados, en tiempo de revolución, por la combinación de la acción de masas fuera del parlamento reaccionario y de una oposición simpatizante de la revolución (o mejor aun, que la defienda francamente) dentro del parlamento. Los holandeses y los “izquierdistas” en general razonan aquí como unos doctrinarios de la revolución que nunca han tomado parte en una revolución verdadera, o que jamás han reflexionado sobre la historia de las revoluciones o que toman ingenuamente la “negación” subjetiva de una cierta institución reaccionaria, por su destrucción efectiva mediante el conjunto de fuerzas de una serie de factores objetivos.

El medio más seguro de desacreditar una nueva idea política (y no solamente política) y perjudicarla, consiste en llevarla hasta el absurdo, so pretexto de defenderla. Pues toda verdad, si se la obliga a “sobrepasar los límites” (como decía Dietzgen padre), si se exagera, si se extiende más allá de los limites dentro de los cuales es realmente aplicable, puede ser llevada al absurdo, y, en las condiciones señaladas, se convierte infaliblemente en absurdo. Tal es el mal servicio que prestan los izquierdistas de Holanda y Alemania a la nueva verdad de la superioridad del Poder soviético sobre los parlamentos democráticoburgueses. Indudablemente, quien de un modo general siguiera sosteniendo la vieja afirmación de que abstenerse de participar en los parlamentos burgueses es inadmisible en todas las circunstancias, estaria en un error. No puedo intentar formular aquí las condiciones en que es útil el boicot, porque el objeto de este artículo es más modesto: se reduce sólo a analizar la experiencia rusa en relación con algunas cuestiones actuales de táctica comunista internacional. La experiencia rusa nos da una aplicación feliz y acertada (1905) y otra equivocada (1906) del boicot por los bolcheviques. Analizando el primer caso, vemos: los bolcheviques consiguieron impedir la convocatoria del parlamento reaccionario por el Poder reaccionario, en un momento en que la acción revolucionaria extraparlamentaria de las masas (particularmente las huelgas) crecía con excepcional rapidez, en que no había ni un solo sector del proletariado y de la clase campesina que pudiera sostener de ningún modo el Poder reaccionario, en que la influencia del proletariado revolucionario sobre la masa atrasada estaba asegurada por la lucha huelguistica y el movimiento agrario. Es por completo evidente que esta experiencia es inaplicable a las condiciones actuales europeas. Y es también evidente — en virtud de los argumentos expuestos más arriba — que la defensa, aunque condicional, de la renuncia a participar en los parlamentos, hecha por los holandeses y los “izquierdistas”, es radicalmente falsa y nociva para la causa del proletariado revolucionario.

En Europa occidental y América, el parlamento se ha hecho extraordinariamente odioso a la vanguardia revolucionaria de la clase obrera. Es indiscutible. Y se comprende perfectamente, pues es difícil imaginarse algo más vil, más abyecto, más traidor que la conducta de la inmensa mayoría de los diputados socialistas y socialdemócratas en el parlamento durante la guerra y después de la misma. Pero seria no sólo irrazonable, sino francamente criminal dejarse llevar por estos sentimientos al decidir la cuestión de cómo se debe luchar contra el mal universalmente reconocido. En muchos países de la Europa occidental el sentimiento revolucionario puede decirse que es todavía una “novedad”, una “rareza” esperada demasiado tiempo, en vano, con impaciencia, y por esto se deja con tanta facilidad que este sentimiento predomine. Naturalmente, sin un estado de espíritu revolucionario de las masas, sin condiciones favorables para el desarrollo de dicho estado de espíritu, la táctica revolucionaria no se trocará en acción; pero a nosotros, en Rusia, una larga, dura y sangrienta experiencia nos ha convencido de que con el sentimiento revolucionario solo, es imposible crear una táctica revolucionaria. La táctica debe ser elaborada teniendo en cuenta, serenamente, y de un modo estrictamente objetivo, todas las fuerzas de clase del Estado de que se trate (y de los Estados que le rodean y de todos los Estados en escala mundial), así como la experiencia de los movimientos revolucionarios. Manifestar el “espíritu revolucionario” sólo con injurias al oportunismo parlamentario, únicamente condenando la participación en los parlamentos, resulta facilísimo; pero precisamente porque es facilísimo no es la solución de un problema difícil, de un problema dificilísimo. Es mucho más difícil en los parlamentos occidentales que en Rusia crear una fracción parlamentaria verdaderamente revolucionaria.

Desde luego. Pero esto no es sino un reflejo parcial de la verdad general de que a Rusia, en la situación histórica concreta, extraordinariamente original del año 1917, le fue fácil comenzar la revolución socialista; en cambio, continuarla y llevarla a término, le será a Rusia más difícil que a los países europeos. Ya a comienzos de 1918 hube de indicar esta circunstancia, y la experiencia de los dos años transcurridos desde entonces ha venido a confirmar la exactitud de aquella indicación. Condiciones específicas como fueron: 1) la posibilidad de hacer coincidir la revolución soviética con la terminación, gracias a ella, de la guerra imperialista, que había extenuado hasta lo indecible a los obreros y campesinos; 2) la posibilidad de aprovechar durante cierto tiempo la lucha a muerte en que estaban enzarzados los dos grupos mundiales más poderosos de tiburones imperialistas, grupos que no podían unirse contra el enemigo soviético; 3) la posibilidad de soportar una guerra civil relativamente larga, en parte por la gigantesca extensión del país y sus exiguos medios de comunicación; 4) la existencia de un movimiento revolucionario democráticoburgués de los campesinos, tan profundo, que el partido del proletariado hizo suyas las reivindicaciones revolucionarias del partido de los campesinos (del partido socialrevolucionario, profundamente hostil, en su mayoría, al bolchevismo), realizándolas inmediatamente, gracias a la conquista del Poder político por el proletariado; condiciones específicas como éstas no existen ahora en la Europa occidental, y la repetición de estas condiciones o de condiciones análogas no es muy fácil. He aquí por qué, entre otras cosas — pasando por alto una serie de otros motivos — , le es más difícil a la Europa occidental que a nosotros comenzar la revolución socialista. Tratar de “esquivar” esta dificultad, “saltando” por encima del arduo problema de utilizar los parlamentos reaccionarios para fines revolucionarios, es puro infantilismo. ¿Queréis crear una sociedad nueva? ¡Y teméis la dificultad de crear una buena fracción parlamentaria de comunistas convencidos, abnegados, heroicos, en un parlamento reaccionario! ¿Acaso no es esto infantilismo? Si C. Liebknecht en Alemania y Z. Höglund en Suecia han sabido hasta sin el apoyo de la masa desde abajo, dar un ejemplo de la utilización realmente revolucionaria de los parlamentos reaccionarios, ¡¿cómo un partido revolucionario de masas, que crece rápidamente con las desilusiones y la irritación de estas últimas, características de la postguerra, no puede forjar una fracción comunista en los peores parlamentos?! Precisamente porque las masas atrasadas de obreros, y más aún las de pequeños agricultores, están más imbuidas en Europa occidental que en Rusia de prejuicios democráticoburgueses y parlamentarios, precisamente por esto únicamente en el seno de instituciones como los parlamentos burgueses pueden (y deben) los comunistas sostener una lucha prolongada, tenaz, sin retroceder ante ninguna dificultad para denunciar, desvanecer y superar dichos prejuicios.

Los comunistas “de izquierda” de Alemania se quejan de los malos “jefes” de su partido y caen en la desesperación, llegando hasta incurrir en la ridiculez de “negar” a los ” jefes”. Pero en circunstancias que obligan a menudo a mantener a estos últimos en la clandestinidad, la formación de “jefes” buenos, seguros, probados, con autoridad, es particularmente difícil y triunfar de semejantes dificultades es imposible sin la combinación del trabajo legal con el ilegal, sin hacer pasar a los ” jefes “, entre otras pruebas, también por la del parlamento. La crítica — la más violenta, más implacable, más intransigente — debe dirigirse no contra el parlamentarismo o la acción parlamentaria, sino contra los jefes que no saben – y aún más contra los que no quieren — utilizar las elecciones parlamentarias y la tribuna parlamentaria a la manera revolucionaria, a la manera comunista. Sólo esta crítica — unida, naturalmente, a la expulsión de los jefes incapaces y a su sustitución por otros más capaces — constituirá un trabajo revolucionario útil y fecundo que educará a la vez a los “jefes” para que sean dignos de la clase obrera y de las masas trabajadoras, y a las masas para que aprendan a orientarse como es debido en la situación política y a comprender los problemas, a menudo sumamente complejos y embrollados, que resultan de semejante situación*.

* He tenido demasiado pocas posibilidades de conocer el comunismo “de izquierda” de Italia. Indudablemente el camarada Bordiga y su fracción de “comunistas abstencionistas” cometen un error al defender la no participación en el parlamento. Pero hay un punto en que me parece que tiene razón, por lo que yo puedo juzgar ateniéndome a dos números de su periódico “Il Soviet” (núms. 3 y 4 del 18. I. y del 1. II. 1920), a cuatro números de la excelente revista del camarada Serrati “Comunismo” (núms. 1-4. 1. X. 30. XI. 1919) y a distintos números de periódicos burgueses italianos que he podido ver. Precisamente el carnarada Bordiga y su fracción tienen razón cuando atacan a Turad y sus partidarios, que están en un partido que reconoce el Poder de los Soviets y la dictadura del proletariado, que siguen siendo miembros del parlamento y prosiguen su vieja y perjudicial política oportunista. En efecto, al consentir esto, el camarada Serrati y todo el Partido Socialista Italiano[17] incurren en un error tan preñado de amenazas y peligros como en Hungría, donde los señores Turati húngaros sabotearon desde el interior el Partido y el Poder de los Soviets. Esa actitud errónea. inconsecuente, que se distingue por su falta de carácter, con respecto a los parlamentarios oportunistas, de una parte, engendra el comunismo “de izquierda”, y de otra, justtifica basta cierto punto su existencia. El camarada Serrati es evidente que no tiene razón al acusar de “inconsecuencia” al diputado Turati (“Comunismo”, núm. 3), porque el único inconsecuente es el Parddo Socialista Italiano, que tolera en su seno a oportunistas parlamentarios como Turati y compañia.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

A %d blogueros les gusta esto: